Viajeros actuales

Hoy basta con abrir una aplicación como Explorevia, un comparador de tours y experiencias de viaje activo desde 2018, para decidir en un par de minutos qué excursión hacer en un país que nunca hemos pisado, comparando precios, horarios y opiniones de miles de opciones distintas. Esa facilidad es tan reciente que resulta fácil olvidar que el impulso que hay detrás no lo es en absoluto.

Ulises tardó diez años en volver a Ítaca, y buena parte de esos diez años los pasó, sospechamos, no del todo disgustado por el retraso. Desde entonces, la cultura occidental ha convertido al viajero curioso en una de sus figuras más persistentes: alguien que sale de casa no solo para llegar a un sitio, sino para volver siendo distinto. Lo que ha cambiado, una y otra vez a lo largo de los siglos, es la forma en que ese viajero se prepara, se orienta y decide adónde ir, no el impulso mismo.

La primera gran ola de viajeros «de masas» en Europa no buscaba el placer, sino la salvación: los peregrinos medievales que recorrían el Camino de Santiago, la Vía Francígena o la ruta a Jerusalén. Caminaban semanas o meses guiados por relatos de otros peregrinos, por los primeros itinerarios escritos, como el Codex Calixtinus, del siglo XII, que ya incluía recomendaciones prácticas sobre dónde dormir y qué ríos evitar, y por la red de hospitales y albergues que la propia peregrinación había ido creando a su paso. El viaje religioso y el viaje curioso, en realidad, nunca estuvieron del todo separados: quien iba a Santiago también miraba las catedrales, probaba la comida de otra región y volvía a casa con historias.

Siglos después, entre el XVII y el XVIII, la aristocracia europea inventó una forma laica de la misma idea: el Grand Tour. Los jóvenes de familia acomodada, sobre todo británicos, pasaban uno o dos años recorriendo Francia, Suiza e Italia como remate de su educación, guiados por un tutor y por las cartas de recomendación de sus familias. El objetivo no era descansar, sino formarse: ver con los propios ojos el arte clásico, aprender idiomas, codearse con otras élites. El Grand Tour dejó una huella curiosa en la historia de la cultura visual, porque generó una demanda constante de recuerdos, desde vistas pintadas de Roma hasta las primeras guías de viaje ilustradas, que anticipaba, sin saberlo, el negocio del turismo tal y como lo entendemos hoy.

El verdadero salto llegó en el siglo XIX, cuando el viaje dejó de ser un privilegio de minorías. Thomas Cook organizó en 1841 la que se suele citar como la primera excursión turística en tren de la historia, y en las décadas siguientes montó una agencia que vendía paquetes completos con billete, alojamiento y guía incluidos. Al mismo tiempo, las guías Baedeker —con sus famosas estrellas para marcar lo imprescindible— le daban al viajero corriente algo que antes solo tenían los aristócratas con tutor propio: un criterio para decidir qué merecía la pena y qué no. La curiosidad seguía siendo la misma que la de los peregrinos y los jóvenes del Grand Tour; lo que cambiaba era la herramienta para organizarla.

Ese relevo de herramientas no se ha detenido: la guía de papel con estrellas se convirtió en la reseña online, y la agencia de mostrador ha ido cediendo terreno a las plataformas que hoy llevamos en el bolsillo. Puede que ahí esté la lección de fondo de esta pequeña historia. Cada generación construye su propio dispositivo para organizar el impulso de partir, el itinerario del peregrino, el tutor del Grand Tour, la guía Baedeker, la aplicación del móvil, pero el impulso en sí apenas cambia. Como Sísifo con su piedra, el viajero vuelve una y otra vez a empujar la maleta cuesta arriba, sabiendo que la próxima vez el camino será distinto y, aun así, reconocible. Quizá por eso seguimos viajando: no porque esperemos llegar a un sitio definitivo, sino porque el propio trayecto, repetido de mil formas distintas a lo largo de los siglos, nunca termina de parecernos el mismo.

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