Elvira de Rubén Angulo Alba

Elvira de Rubén Angulo Alba

   En La metamorfosis Kafka dedica un centenar de páginas al tortuoso confinamiento en su dormitorio de un hombre convertido en insecto gigante. Prácticamente toda la acción del libro se concentra en esas cuatro paredes y en el interior del desdichado protagonista, Gregorio Samsa. No quiero decir con esto que Elvira de Rubén Angulo Alba sea kafkiano en el sentido estricto de la palabra, pero el estado anímico y mental que produce en el lector, el ritmo lento y angustiante, la instrospección sinuosa, lo absurdo de la situación, la engañosa brevedad de la historia, hacen que sean muchos los puntos en común entre ambas novelas. Porque bien valen un Kafka las primeras páginas de Elvira, en las que el protagonista se debate entre la vida y la muerte bajo un montón de palés en el apartado y solitario sótano de un psiquiátrico, con una descripción tan agobiante que casi podemos sentir el peso de cada una de las palabras lacerándonos los músculos.

   Y al igual que La metamorfosis, Elvira tiene su propio insecto colosal, su monstruo, la propia Elvira, cuya sombra sobrevuela toda la novela pero que nunca está de cuerpo presente porque la trama se construye con un monólogo interior y lo que sabemos del personaje lo sabemos siempre a través de otro personaje, del protagonista, uno de tantos juegos que mezclan realidad y ficción que hay en la novela. La historia está dividida en dos partes distintas, que es como decir que se nos muestra a Elvira en dos movimientos. Se nos ofrece una imagen parcial, por no decir engañosa, y a continuación se completa, por no decir que se desmiente. Desde fuera y desde dentro. Lo que se ve y lo que se intuye. Un planteamiento que revelará la necesidad de desconfiar de las apariencias. Tras el monstruo que hay en la fachada de Elvira se esconde algo más, igual que el insecto gigante oculta a Gregorio Samsa.

   La locura está presente en Elvira en muchas variantes y a muchos niveles. No por casualidad la acción se desarrolla en un antiguo psiquiátrico. Un elemento que no deja de ser otro de esos juegos de confundir realidad y ficción. En la superficie vemos cómo la demencia trata de incorporarse a la realidad, cómo choca de bruces con la cordura una y otra vez; en un nivel más profundo sentimos que es contagiosa, que el mismo protagonista tal vez pueda padecerla y que todo lo que nos ha relatado se haya visto deformado por tal condición. «La realidad está hecha de la misma sustancia que la pesadilla», dice el personaje del que ni siquiera sabemos su nombre, antes de empezar a tener alucinaciones o a hablar consigo mismo como si se hubiera convertido en Gollum. La idea es la de que el hombres es un lobo para el hombre, incluyéndose a uno mismo; una de las batallas más difíciles que debe librar, quizá la peor, es la que lucha contra sí mismo. La alusión a Alguien voló sobre el nido del cuco no solo no se esconde sino que se plantea de forma explícita.

   Imbuidos de locura, el sótano pasa a convertirse en una suerte de infierno y la situación del protagonista se transforma en el eterno y absurdo castigo de Tántalo o de Sísifo. Una vez más el absurdo kafkiano. Pero el personaje es Sísifo en muchos aspectos. No solo en su improvisado infierno de palés sino en el día a día de sus obligaciones. Condenado a insignificantes trabajos que no hacen más que recordarle su mediocridad. Una crítica a la burocracia muy similar a la que se plantea en Todos los nombres de Saramago, historia que también está protagonizada por un funcionario que, merece la pena recordar, tiene el único nombre que es mencionado en toda la novela.

   Mención aparte merece el prólogo, con ese juego entre cervantino y borgiano de mezclar realidad y ficción y que deja leer entre líneas una posible identificación entre personaje y autor. «Mezclaré ficción y realidad, centraré mi aburrida e insípida experiencia pero trataré de adornarla con fantasía», dice Rubén Angulo como declaración de intenciones en el prólogo. Todo muy metaliterario.

   Las abundantes referencias literarias muestran a un autor más que dispuesto a hacerle innumerables guiños a los lectores. Además de las referencias veladas y de la mencionada Alguien voló sobre el nido del cuco se alude al Fedón platónico y a Crimen y castigo, un título este último que condensa como ningún otro la percepción del personaje ante su fatídica situación. A todas estas rerefencias hay que añadirle una prosa elegante, pausada, estilizada, precisa y llena de ironía. Un monólogo de un centenar de páginas del que ni sobra ni falta un punto y que a pesar de su complejidad se lee de una sentada. Una historia que perturba y engancha a partes iguales.

   Y por si esto fuera poco, hay que añadir además la belleza de la ilustración ‒obra de Cecilia Sánchez‒ elegida por Lord Jim Ediciones para la cubierta del libro. Una preciosidad a la venta en Amazon por un precio ridículo.

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