
Sede Principal de la Stasi en Berlín (Fuente).
En el apogeo de la segunda fase de la guerra fría, un grupo de comandantes de la Stasi, oficiales de propaganda y guardias fronterizos comenzaron a reunirse en un recinto fuertemente fortificado del este del Berlín socialista. Desde la primavera de 1982 hasta el invierno de 1989, se reunían una vez cada cuatro semanas, de cuatro a seis de la tarde, en la Casa de la Cultura dentro de las instalaciones del Regimiento de Guardias Felix Dzerzhinsky, el ala paramilitar de la Stasi, en el distrito Adlershof de Berlín.
Pero aquellos hombres no se reunían para planificar posibles escenarios de una guerra nuclear, elaborar campañas de desinformación o afinar técnicas de infiltración. Lo que querían era aprender y conversar sobre literatura y sobre poesía. Este grupo, al que los memorandos internos se refieren como el Círculo de Trabajo de Escritores Chekistas, en referencia a la temible policía secreta bolchevique, la Cheka, produjo dos antologías durante este período de siete años. ¿Cómo una policía secreta, sinónimo de la prohibición del libre pensamiento, terminó escribiendo poesía? ¿Acaso pretendían así comprender mejor la mente burguesa decadente?
Lo cierto es que en la década de 1970, el gobierno de Alemania Oriental había advertido que el número relativamente pequeño de lectores de alta literatura representaba un problema clave para el país socialista. Que solo el 35% de la población adulta leyera a Goethe y a Pushkin se consideraba insuficiente. Ese porcentaje aumentaría al 90% en Alemania Oriental en cinco años. Para empezar, un decreto de 1973 prescribía que las fábricas más grandes debían tener una biblioteca con entre 500 y 1000 libros, atendida por un bibliotecario. Las fábricas más grandes necesitaban incluso más libros, entre 18.000 y 30.000. Como consecuencia, entre 1950 y 1989, el número de libros impresos cada año y la proporción de libros de ficción se triplicó con creces. Un Estudio Internacional de Alfabetización Lectora llevado a cabo justo después de la caída del Muro concluyó que la comprensión lectora media de los estudiantes de octavo grado de Alemania Oriental era significativamente más alta que la de los alumnos de Alemania Occidental.
Después de la Segunda Guerra Mundial muchos poetas regresaron del exilio y comenzaron a ocupar cargos políticos en el incipiente estado satélite de la Rusia soviética. Uno de ellos, el poeta y ministro de cultura Johannes R Becher, estaba convencido de que la escritura creativa no solo reflejaría las condiciones sociales de Alemania Oriental sino que las moldearía. Esta utópica idea estaba en la mente de los políticos incluso después de la muerte de Becher en 1958. Un año después, el partido Unidad Socilista lanzó un programa diseñado para cerrar la brecha entre las clases trabajadoras y los intelectuales: se obligaría a los escritores a trabajar en fábricas o en minas de carbón, donde enseñarían su oficio a sus compañeros en los llamados Círculos de Trabajadores de la Escritura. De esta manera, en pocos años, cada rama de la industria tenía su propio círculo de escritores.
La policía secreta de Alemania Oriental no fue una excepción a este tipo de círculos, que se documentan desde 1960. Sin embargo, no fue hasta la primavera de 1982 que el Ministerio de Seguiridad del Estado de Alemania Oriental decidió que necesitaba profesionalizar su círculo de poetas y puso al frente de este proyecto a Uwe Berger, un autor galardonado que había participado en unas veinte antologías y que tenía varias novelas. Bajo su tutela, los participantes se turnaban para leer sus poemas e intercambiaban comentarios. Solo una vez que la discusión terminaba, Berger ofrecía su punto de vista. La filosofía del programa se basaba en el pensamiento del poeta convertido en diplomático Friedrich Wolf: la poesía es un arma al servicio de los trabajadores.

Uwe Berger (Fuente).
Pero no todos los asistentes a las reuniones querían escribir poemas que fueran armas. Muchos de ellos preferían hacer una poesía que ofreciera preguntas en lugar de respuestas. De hecho, cuanto más intentaba la Stasi convertir la poesía en un arma, más parecía fracasar. A medida que aumentaban las tensiones entre el este y el oeste, los poemas producidos en el círculo se convirtieron en formas de expresar lo que el régimen de Alemania Oriental consideraba indecible.
Lo que nadie sabía es que Berger llegó a convertirse en uno de los informantes más valiosos de la escena literaria de Alemania Oriental. Tomaba prestados manuscritos inéditos de amigos para informar a la Stasi de sus inclinaciones políticas, comentar cuál de sus colegas literarios se sospechaba que tenían una aventura con quién, qué chistes contaban o incluso qué programas de televisión occidentales permitían que sus hijos vieran. La actividad de Berger como informante le permitió castigar a los enemigos, dejar de lado a los rivales y construir aliados, todo con el trazo de una pluma. Como recompensa a sus servicios, en febrero de 1982 la Stasi le entregó la medalla de plata de la Hermandad en Armas, un honor militar que el Ministerio de Seguridad del Estado otorgaba ocasionalmente a personas ajenas a las fuerzas armadas.
Pero la Stasi necesitaba también a alguien que vigilara a sus observadores cuando bajaban la guardia. Tenía que encontrar un método para mirar dentro de sus corazones para identificar cualquier deseo que pudiera convertirse en una tentación, para tomar una radiografía de sus almas en busca de miedos y aspiraciones desviadas. Ahí es donde entraba en juego Berger. A medida que los asistentes a las reuniones en la Casa de la Cultura de Adlershof se convertían en poetas cada vez más consumados, el hombre que había sido contratado para enseñarles a escribir poesía continuó ejerciendo de espía. Berger retomó su actividad como colaborador no oficial en octubre de 1982.
Los informes de Berger revelaron un tipo más profundo de paranoia en el corazón de la Stasi: no solo la sospecha de sí misma sino también de la función de la literatura a la que el gobierno había dado tanta importancia. Era como si los poetas subvirtieran la autoridad del partido Unidad Socialista. Los intelectuales que proponían lecturas alternativas a Marx, Engels o Lenin se convertían de forma instantánea en una amenaza. Ni siquiera era necesario que los poemas trataran sobre política para levantar sospechas. Técnicas como las alegorías, las metáforas o las fábulas se consideraban ataques encubiertos y subliminales.
Dos años después de la muerte de Berger, en febrero de 2014, se inauguró un nuevo premio de poesía en su nombre en un festival de literatura en el distrito Köpenick de Berlín. Sin embargo, tras las protestas de los antiguos colegas y de intelectuales contemporáneos de Berger en la escena literaria de Alemania Oriental, se acabó cambiando el nombre del premio.
No hay comentarios