Hay cómics que se disfrutan mientras se leen y otros que empiezan de verdad cuando se cierran. Providence, de Alan Moore y Jacen Burrows, pertenece sin ninguna duda al segundo grupo. Si es tu primera toma de contacto con el universo de Lovecraft, la lectura se termina con una sensación extraña: la de haber entendido la historia solo a medias. Demasiados personajes, demasiadas referencias, demasiadas conexiones que intuía importantes pero que se me escapaban. Durante buena parte del desenlace se tiene la impresión de caminar por un territorio donde la realidad y el sueño dejan de distinguirse, donde todas las tramas convergen de formas difíciles de explicar con claridad. Y, sin embargo, pocas veces esa sensación de desconcierto resulta tan estimulante.
Lo primero que conviene aclarar es que Providence no es un buen punto de partida para conocer a Lovecraft, pero tampoco exige haber leído toda su obra para disfrutarla. Se puede llegarr al cómic con un conocimiento muy superficial del escritor, limitado prácticamente a lo que cualquier aficionado a la cultura popular sabe sobre Cthulhu y los Mitos. Alan Moore utiliza el universo de Lovecraft para construir una reflexión sobre la ficción, los mitos y la forma en que las historias acaban modificando nuestra percepción de la realidad.
El protagonista, Robert Black, es un periodista que quiere escribir un libro sobre la América oculta. Ese punto de partida parece sencillo, casi el de una novela de investigación, pero pronto se convierte en un descenso a un mundo donde cada encuentro deja la sensación de que existe un significado oculto que apenas alcanzamos a comprender. Black tiene una cualidad que me parece decisiva para que la historia funcione: es escéptico. Incluso cuando presencia acontecimientos imposibles, siempre intenta explicarlos desde una perspectiva racional. Los atribuye al cansancio, a estados emocionales alterados o a simples coincidencias. Esa actitud termina convirtiéndolo en un personaje casi kamikaze, porque sigue avanzando cuando cualquier otra persona habría dado media vuelta. Y precisamente ahí nace buena parte del terror de la obra: el lector comparte durante mucho tiempo ese escepticismo, hasta que llega un momento en que resulta imposible seguir sosteniéndolo.
No es sencillo encontrar cómics que den miedo. Aunque muchas obras contienen escenas impactantes o violentas, rara vez consiguen provocar algo parecido al auténtico terror. Providence tampoco da miedo en el sentido tradicional. No busca sobresaltos ni monstruos escondidos tras una puerta. Pero sí genera una incomodidad constante, una sensación de inquietud que va creciendo poco a poco. Hay momentos especialmente perturbadores, algunos relacionados con el sexo, otros con la pérdida de la identidad y otros simplemente con la sospecha de que todo aquello podría esconder una explicación plausible. Ese último aspecto es fundamental: Moore se esfuerza tanto por anclar la historia en lugares, personajes y hechos históricos reales que, por momentos, uno llega a preguntarse si detrás de la ficción de Lovecraft podría haber existido algún tipo de verdad.
Y ahí reside uno de los grandes hallazgos del cómic. En el universo de Providence, Lovecraft no inventa sus relatos. Los escribe inspirándose en el diario de Robert Black, un diario que recoge acontecimientos reales ocurridos dentro de la ficción creada por Moore. Los cuentos que en nuestro mundo son pura literatura fantástica pasan a convertirse en versiones noveladas de hechos auténticos. La idea es brillante porque transforma a Lovecraft en una especie de cronista involuntario. Él cree estar escribiendo ficción, pero en realidad está fijando en la imaginación colectiva unos acontecimientos que acabarán cambiando el propio mundo. Alan Moore, que desde hace décadas defiende la idea de que las historias poseen un auténtico poder transformador, lleva aquí esa convicción hasta sus últimas consecuencias.
Uno de los mayores obstáculos para el lector poco familiarizado con Lovecraft es la enorme cantidad de referencias que aparecen a lo largo de la obra. Muchos personajes, lugares y situaciones proceden directamente de sus relatos o de autores que influyeron en él. Moore apenas los explica porque da por sentado que su lector los reconocerá. Lejos de parecer un defecto, creo que eso convierte Providence en un cómic extraordinariamente agradecido para una segunda lectura. Una vez comprendidas sus claves principales, empiezan a revelarse conexiones que en un primer acercamiento pasan completamente desapercibidas. Es una obra construida como un gigantesco mecanismo de relojería donde casi ninguna escena está ahí por casualidad.
También me ha parecido especialmente interesante la manera en que Moore aborda la figura del propio Lovecraft. No lo presenta como un genio atormentado ni como un monstruo moral. Lo retrata como un hombre brillante, extraño, lleno de contradicciones y profundamente condicionado por su educación, sus prejuicios y sus miedos. Su forma de hablar, deliberadamente arcaica, sus obsesiones por los linajes familiares o su carácter aparentemente desplazado de su propio tiempo están basados en rasgos reales del escritor. Del mismo modo, el cómic no oculta sus actitudes racistas ni su visión profundamente conservadora del mundo, pero tampoco reduce toda su personalidad a esos aspectos. El resultado es un personaje fascinante precisamente porque resulta imposible resumirlo en una sola etiqueta.
Hay otro elemento que merece una mención especial y que diferencia Providence de buena parte del terror contemporáneo: el sexo. Está presente de forma constante, pero nunca como un simple recurso provocador. Moore lo utiliza como una forma de expresar la desaparición de las fronteras entre lo humano y lo monstruoso, entre lo cotidiano y lo imposible. Muchas de las escenas más incómodas del cómic no recurren a la violencia explícita, sino a la sensación de que algo esencial sobre la identidad o el propio cuerpo está dejando de tener sentido. Esa incomodidad permanece mucho tiempo después de terminar la lectura.
Visualmente, Jacen Burrows realiza un trabajo que puede parecer frío a primera vista, pero que termina revelándose como la elección perfecta. Su dibujo es limpio, casi clínico, y precisamente por eso los momentos de horror resultan mucho más efectivos. No intenta embellecer lo monstruoso ni convertirlo en un espectáculo. Lo presenta con una naturalidad escalofriante, como si formara parte del mundo cotidiano. Esa contención convierte determinadas páginas en imágenes difíciles de olvidar.
Providence no es un cómic para todo el mundo. Exige atención, paciencia e incluso cierta disposición a aceptar que no todo va a quedar explicado en una primera lectura. Tampoco es recomendable leerlo con prisas. Sus diarios, que acompañan cada capítulo, no son un material complementario sino una parte esencial del relato, y omitirlos significa perder buena parte de las claves de la historia. Es una obra que pide ser releída, comentada y discutida. Pocas veces un cómic obliga a dedicar tantas horas después de terminarlo intentando comprender exactamente qué se ha leído.
Y quizá ahí resida la razón por la que Providence se ha convertido ya en un clásico moderno. No porque sea la mejor adaptación posible de Lovecraft, sino porque va mucho más allá de adaptarlo. Alan Moore construye una conversación con toda su obra, con sus obsesiones y con sus contradicciones, al tiempo que reflexiona sobre el poder de la ficción para modelar nuestra manera de entender el mundo. Puede que uno termine la última página con más preguntas que respuestas, pero precisamente esa sensación de haber rozado algo inmenso e inabarcable es la que hace que muy pocos cómics permanezcan tanto tiempo en la cabeza del lector. Providence no se limita a contar una historia: consigue que el propio acto de leer forme parte de ella.



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