El palacio infinito, de Shintaro Kago.

En 1998 se estrena Dos vidas en un instante. En ella Helen, interpretada por Gwyneth Paltrow, sale de su trabajo y corre para coger el metro. Vemos cómo pierde el tren solo por unos segundos, pero entonces la película vuelve atrás y presenta la otra posibilidad: qué habría ocurrido si hubiese cogido el tren y a partir de ahí la película va alternando entre dos líneas temporales paralelas: la vida que tiene cogiendo el tren y la que tiene habiéndolo perdido. Un acontecimiento aparentemente insignificante hace que las dos versiones de su vida vayan divergiendo progresivamente: cambian sus relaciones, su trabajo y hasta las personas que conoce. Una idea original que, sin embargo, se malogra cuando una premisa claramente filosófica acaba convertida en una comedia romántica ligera.

El punto de partida es muy similar al de El palacio infinito de Shintaro Kago: un duelo entre el señor de la guerra Oda Nobunaga y su general Akechi Mitsuhide en el período feudal crea realidades paralelas. En una de las versiones, Nobunaga es asesinado por Mitsuhide. mientras que en la otra se nos cuenta qué sucedería si Nobunaga hubiera derrotado a Mitsuhide y continuado con su gobierno. Ahora bien, hasta aquí los parecidos.

Además de plantear las realidades alternativas, el relato de Kago tiene desde su primera página un fuerte componente simbólico. En la primera viñeta de nos muestra el palacio. Se describe con estas palabras: «El hombre que ha conquistado el mundo usa el palacio para demostrar su autoridad total sobre sus subordinados y plebeyos. Al mismo tiempo, también representa un santuario, un lugar seguro donde pueden vivir el señor y su familia, y juega un rol abstracto, proporcionándole poder al invencible sistema político centralizado». Una descripción que podría valer para cualquier castillo del Japón feudal pero que no hace justicia al castillo infinito de Kago.

A lo largo de la primera parte de la historia vemos cómo el castillo es, en realidad, una símbolo que representa al mundo. Organizado en cada una de sus plantas como si fuera una ciudad, incluyendo el cultivo o la estratificación de clases sociales, todo el mundo vive en el castillo, o al menos todo el mundo bajo el dominio del señor de la guerra. Pero a medida que la historia avanza, que la realidad se ramifica en realidades paralelas, vamos descubriendo que el castillo no es solo representación del espacio sino, sobre todo, del tiempo. A medida que el tiempo transcurre, el palacio va creciendo, sin necesidad de explicar cómo lo hace, casi como si fuera un ser vivo, como el tiempo avanza, pero en lugar de hacerlo hacia adelante lo hace hacia arriba. Cuando la realidad se ramifica es el palacio el que se ramifica, flexionándose como si fuera el brote de la rama de un árbol. En algún momento descubrimos además que los castillos (las realidades alternativas) pueden interactuar entre sí, simplemente asomándose por la ventana y tratando de tender puentes entre castillos.

Hasta aquí puede parecer que el contenido de la historia es más filosófico que otra cosa, pero nada más lejos de la realidad. Kago aprovecha este planteamiento para decidir, de una forma un tanto arbitraria, el funcionamiento de este universo. Todo se vuelve tan complejo que el lector no puede evitar sentir que se le va de las manos, y se cae en una especie de «horror por el horror», «violencia por la violencia». Todo acaba derivando en una suerte de monstruosidad grotesca, intencional, por supuesto, pero sin demasiada coherencia interna. Así, por ejemplo, el punto exacto de la bifurcación del castillo, se puebla de seres que también duplican partes de su cuerpo; más adelante, casi al final, vemos cómo de las heridas brotan líneas temporales de castillos pequeños o cómo meter una mano en esas heridas hace que aparezcan manos gigantes en la realidad.

La narrativa bifurcada de Kago tiene sus pros y sus contras y, sin duda, no dejará indiferente a nadie. Algunas partes, sobre todo al principio de la historia, resultan bastante repetitivas y monótonas. La acción avanza muy despacio, o apenas avanza y Kago abusa del narrador en off, teniendo que explicarlo todo. Sin embargo, hay que reconocerle algunas audacias difícilmente vistas en el lenguaje del cómic, como cortar de forma intencional viñetas dedicadas a la otra realidad o narrar ambas realidades en viñetas que se leen completamente en vertical. En algunas partes se juega con el espacio entre viñetas para crear la separación entre esas realidades o para marcar una suerte de unión, fusionando literalmente a personajes de ambas realidades. Incluso llega a flexionar las viñetas como si fueran los propios castillos, ondeando en el aire.

En la versión de Moztros, El palacio infinito incluye además una historia derivada, Las doce hermanas del palacio infinito, donde uno de los castillos es atacado por otros para tratar de chantajearlo y conseguir sus bienes y frente a esto se decide entregar a algunas de las hijas del señor del castillo, a la que someten a las más atroces torturas. Una vuelta de tuerca más al tema del palacio infinito que sirve para que Kago vaya haciendo desfilar ante los ojos del lector más galerías de tramas extravagantes y esperpénticas.

El palacio infinito utiliza todo lo que hace que las historias de Kago sean únicas. De hecho, hay que reconocer que se trata de una obra completamente insólita, que va más allá del terror, de la fantasía o de la ciencia ficción, y que es, en definitiva, difícilmente clasificable en un género. Como primer acercamiento a la obra de Kago, es recomendable, aunque eso no es de por sí una garantía de que guste. Lo que está claro es que no dejará indiferente a nadie.

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