La casa de Asterión de Dani Retamero.

La adaptación al cómic de La casa de Asterión, realizada por Dani Retamero, parte de un reto enorme: trasladar un relato cuya fuerza reside en la ambigüedad, la voz interior y el descubrimiento final a un medio esencialmente visual. A priori, era una empresa difícil y, tras la lectura, la sensación final es que el desafío le queda grande al autor. Aunque el cómic posee ciertos aciertos —algunos incluso ingeniosos— el balance global resulta claramente negativo, tanto por decisiones de adaptación como por limitaciones gráficas que condicionan la experiencia de lectura.

El primer problema emerge del propio soporte. El cuento de Borges es profundamente introspectivo y su poder depende del monólogo confuso y delicado de Asterión, así como del giro final que revela su identidad. El cómic, sin embargo, no puede mantener esa ambigüedad: la imagen desvela mucho más rápido de lo que la palabra sugiere. Retamero intenta resolverlo usando durante cinco páginas la voz en off, pero en la sexta el narrador aparece en escena hablando y el lector reconoce de inmediato que es el Minotauro. Con ello, la sorpresa del cuento desaparece y se sustituye por un clímax visual y simbólico poseedor de cierta fuerza, aunque insuficiente para compensar la pérdida de la tensión original. En realidad, la propia naturaleza del medio hacía casi imposible reproducir el efecto borgiano; por eso, desde el inicio, esta historia no era una materia prima ideal para un cómic.

A esto se suman decisiones formales discutibles. El libro consta de 51 páginas, lo cual no es demasiado, y gran parte de ellas contienen viñetas sin texto. Esto, unido a un dibujo simplificado y a veces carente de fondos, hace que la lectura avance con una rapidez sorprendente: el libro puede leerse en unos quince minutos. Dado que cuesta 16 euros, el resultado no resulta especialmente rentable desde un punto de vista práctico. En un cómic así, uno esperaría que el apartado visual invitara a detenerse en los detalles, pero precisamente el dibujo es uno de los puntos más débiles. Aunque se aprecia cierto trabajo, las figuras humanas presentan un aire claramente amateur: las posturas son rígidas, los cuerpos tienden a la inmovilidad y algunas viñetas parecen repetirse con variaciones mínimas, como si el autor hubiese optado por una solución mecánica o apresurada. Este aspecto pesa muchísimo en la valoración final: si los dibujos fueran espectaculares, otros defectos se disolverían; pero cuando el trazo no acompaña, todo el conjunto se resiente. Además, la diferencia entre la calidad de la portada y la del interior acentúa la decepción: las cubiertas están más cuidadas y muestran al Minotauro de espaldas —en sintonía con el simbolismo borgiano—, pero pueden inducir a pensar en un nivel gráfico que luego no se mantiene, lo que deja una sensación de engaño involuntario.

Tampoco la representación del laberinto consigue elevar la obra. Retamero opta por un diseño muy sencillo, a veces minimalista, y en ocasiones el Minotauro aparece sobre fondo negro sin más información espacial. Esto, aunque funcional, reduce la atmósfera y contribuye a una lectura todavía más rápida. Y sin un espacio visual poderoso, el componente claustrofóbico y metafórico del relato original queda diluido.

Ahora bien, pese a estos fallos importantes, no todo es negativo. El cómic conserva algunos elementos esenciales de Borges: la condición de víctima del Minotauro, su inocencia melancólica, su desconocimiento de la monstruosidad que los demás ven en él y la noción de la muerte como forma de redención. El final, de hecho, recupera la célebre frase de Teseo —“apenas se defendió”— y funciona como cierre reconocible y respetuoso. Además, Retamero introduce dos ideas que sí conectan con el espíritu borgiano. La primera, especialmente afortunada, es la presencia de un segundo Minotauro que aparece para permitir diálogos sin abusar del monólogo interior. Esta figura duplica al protagonista y juega con el motivo del doble, tan caro a Borges, y aporta un matiz psicológico y metafísico interesante. La segunda es el giro visual final: aquí, el Minotauro posee cabeza de toro y cuerpo humano, mientras que Teseo aparece al principio como un cuerpo taurino con rostro de hombre, como si la frontera entre monstruo y héroe se invirtiera durante el acto violento. Esa inversión simbólica de verdugo y víctima confiere ambigüedad moral y cierto impacto, pues sugiere que la monstruosidad no reside en la forma física sino en la conducta. Cuando Teseo abandona el laberinto, vuelve a verse como un humano completo, lo que añade ironía trágica al desenlace.

Sin embargo, estos elementos valiosos no logran compensar las carencias globales del cómic. Su brevedad, su dibujo irregular, su incapacidad para sostener el misterio y la simplificación de los espacios acaban pesando más que los aciertos. La casa de Asterión de Retamero tiene momentos de inspiración y gestos borgianos genuinos, pero en conjunto deja la impresión de una obra que apuntaba alto y que, por la dificultad intrínseca del material y por limitaciones formales, no consigue estar a la altura del relato original ni del potencial del medio gráfico. El resultado final, por tanto, es decepcionante, a pesar de las ideas puntualmente brillantes que contiene.

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