Una década antes de que el mundo convirtiera en obra de culto una película sobre un tornado que levanta tiburones del océano y los esparce por Los Ángeles, Junji Ito se inspiró en Tiburón de Spielberg para captar ese terror cerval del depredador que come humanos, pero ya no solo en el agua sino también en tierra. Gyo, publicado por Shogakukan en la revista semanal de manga Big Comic Spirit entre 2001 y 2002, parte de una idea un tanto extravagante: ¿qué pasaría si a los tiburones les salieran, de repente, piernas? Aunque como pasa en muchas de las historias de Ito, no es tan importante el punto de partida como hacia dónde va la historia, transitando por las sendas más bizarras.
Todo comienza en la isla tropical de Okinawa, donde una joven pareja se ve asediada primero por un pez apestoso que camina sobre firme gracias a unas especies de patas de insectos, y más tarde se enfrentará a una especie de estampida conformada por toda clase de criaturas marinas con patas. A estas circunstancias se le suma el segundo pilar de la ecuación: un hedor ilimitado que va más allá de la peste a pescado podrido y que en algunos momentos se describe como algo parecido al olor de la muerte. La explicación del fenómeno está bastante cogida con pinzas, relacionándose de forma poco convincente con la Segunda Guerra Mundial. Ito hecha mano del clásico científico loco que habla de experimentos que salieron mal y que ahora, por motivos que no se llegan a aclarar, han salido a la luz.
Visto en perspectiva, Gyo carece de la inventiva y del horror cósmico de Uzumaki, ni tampoco tiene la reflexión psicológica y sobre el mal de Tomie. En un principio el terror se basa en peces que caminan, que se esconden dentro de armarios o detrás de sofás, esperando a saltarte encima o que salen a correr como si fueran cucarachas. A partir de la mitad del tomo, Ito abandona casi por completo ese terror marino y da el salto a los humanos, sin ningún tipo de explicación extra, como si solo se dejara llevar por el placer de mostrar horror corporal, sin más. En una página estamos viendo a peces caminando sobre patitas de araña y en la siguiente página son humanos en una especie de estado aletargado los que se mueven sobre las patas, intubados por la boca y por el ano. Vale que las patas tengan la capacidad de apoderarse de cualquier ser vivo, infectado o no, pero si vemos cómo la mayor parte de ellas son del tamaño de peces, resulta curioso que más adelante haya tantos del tamaño de seres humanos. Tampoco sabemos realmente cómo fueron creadas, con qué tecnología (vemos que son increíblemente resistentes) o por qué tantas.
Pero es evidente que a Ito no le importan estas incoherencias. Lo importante es el horror visual, incluso aunque sea un tanto gratuito. El ejemplo perfecto de esto es el circo que se forma con estos seres, en el que encontramos a humanos aparentemente no infectados, y del que no se da ningún tipo de explicación. Tampoco la explicación final resulta convincente ni el final abierto juega en favor de la historia. Si a esto le añadimos unos protagonistas que no generan especialmente simpatía, ya que se pasan todo el tiempo discutiendo y resultan un tanto repetitivos, la historia no se puede valorar como las mejores de Ito, aunque sí hay que reconocer que la imaginación del autor parece no conocer límites.
Una de las sorpresas imprevistas de Gyo es que se complementa con dos historias finales que nada tienen que ver con la trama central, a modo de postres. La primera de ellas, «La tragedia del pilar central», es un pequeño cuento en el que un padre de familia aparece misteriosamente bajo el pilar central de su casa, donde muere sin que nadie sepa cómo ha llegado hasta allí. La segunda, titulada «El misterio de la falla de Amigara», es uno de los mejores relatos que he leído de Ito. En ella nos cuentan cómo aparecen en la ladera de una montaña innumerables agujeros con formas humanas. Esos agujeros, de hecho, corresponden con las siluetas exactas de personas que se sintieron obligadas a viajar hasta la montaña y que, una vez allí, deciden entrar dentro. Con una mezcla de fatalidad, terror y claustrofobia, el final de la historia, saber qué ocurre con aquellos que han entrado en su agujero, resulta fascinante y perturbador a partes iguales.

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