Brujeando de Juanjo Guarnido y Teresa Valero.

A veces utilizamos el término «obra menor» muy a la ligera. Cuando un dibujante crea una obra que recibe más de una veintena de premios, entre ellos algunos de los más prestigiosos, y se convierte convierte en piedra fundacional del género negro dentro del formato cómic, consiguiendo un algo a la altura de uno de los grandes como Maus, léase contar historias serias, profundas y complejas con animales antropomórficos, parece que si después se dedica a una obra con un argumento más ligero, con una protagonista infantil, y aparentemente enfocada a un público más joven, está cayendo en eso que, con obstinación, nos empeñamos en llamar «obra menor». Evidentemente estoy hablando de Juanjo Guarnido y de cómo pasó de dibujar Blacksad a Brujeando, relato guionizada por Teresa Valero que primero fue publicado en tres tomos independientes y que más tarde fue reunido en un solo tomo integral.

Lo primero que hay que decir, porque salta a la vista, es que el cambio de registro le ha sentado a Guarnido a las mil maravillas. En el apartado gráfico Brujeando es un verdadero festival para el sentido de la vista. El dibujante logra imbuir a todos sus personajes de un carácter y de una expresividad que, sin caer en el histrionismo, sí roza lo caricaturesco. El gusto por el detalle, materializado sobre todo en las grandes composiciones, a veces de página casi completa o directamente completa (y hasta de dos páginas), hace que sea posible recrearse en cada página, incluso cuando paradógicamente la acción representada es trepidante y no parece dar pie al reposo necesario para la contemplación. Estas viñetas, en las que vemos fiestas llenas de monstruos y personajes icónicos de la ficción de terror, conjuros en los que personajes de la literatura de todos los tiempos se escapan de sus libros, combates entre brujos o competiciones deportivas de niños, demuestran las tablas de un artista que es amo y señor de todo lo que acaba plasmado en el papel. Motivos más que suficientes para convertir Brujeando en una lectura obligatoria, incluso aunque el guion no estuviera a la altura.

Pero el caso es que sí lo está. La historia nos cuenta las aventuras de tres brujas, Brygia, Sortilega y Febris, que un buen día se ven obligadas a adoptar a un bebé hada, cuando, al mismo tiempo, reciben la visita de su sobrina Panacea y su pequeña y nueva familia. Las hadas, por su parte, no van a quedarse con los brazos cruzados y la mismísima reina de las hadas, Titania, ayudada por el travieso duendecillo Puk, encabezará una búsqueda de la pequeña Hazel, que así es como se llama el bebé. Una búsqueda que las llevará a territorios tan variopintos como el mundo de los trolls, el de los enanos, el de los elfos y, por supuesto, el de las brujas, una excusa para explotar una buena cantidad de tópicos de la literatura fantástica al más puro estilo Tolkien, como la arrogancia sin límite de los elfos o la socarronería de los agrestes enanos.

Con personajes como Puk, Titania u Oberón, la referencia al Sueño de una noche de verano de Shakespeare es bastante evidente. Un detalle más, una deliciosa chaladura poética, se convierte en el guiño shakespeareano más constante de toda la historia: las hadas solo pueden comunicarse en verso y con rima, lo que las fuerza a utilizar un lenguaje poético, lleno de arcaísmos y otras figuras retóricas como el hipérbaton. Una forma de expresarse que, a pesar de la aparente imagen de obra enfocada a jóvenes, hace que la historia adquiera una dimensión de obra dirigida a un lector más adulto y leído.

Otro detalle apunta hacia ese hipotético lector y es que muchas viñetas se llenan de referencias a la cultura pop, que a menudo pertenecen a los años noventa. El humor es una constante a lo largo de todo el libro, así como un cierto sentido de metaficción, en forma de crítica y de ironía hacia su propio mundo ficcional. No faltan tampoco los ataques más serios, como puede ser el que se hace hacia los medios de comunicación de masas atontadores, esos que fomentan el consumismo capitalista más salvaje a través de la venta de infinidad de cacharros absurdos que no sirven para nada o que son capaces de poner a niños en un reality de supervivencia en el que se imponga la ley del más fuerte.

A pesar de todo lo dicho, incluso sin pillar toda esa amalgama de referencias de alta y de baja cultura, Brujeando es una historia que puede ser disfrutada por toda clase de lectores y, por supuesto, por los jóvenes. En primer lugar porque el dibujo es el camino más corto y más directo para llegar al corazón de un lector de cómics. Y en segundo lugar porque la historia está llena de una acción acelerada, cargada de idas y venidas, y porque el humor es un lenguaje universal muy poderoso dentro de la obra de Guarnido y Valero. Reconozcamos que Brujeando no es Blacksad, ni mucho menos, pero por todo lo dicho en los párrafos anteriores, concedamos también que aplicar la etiqueta de «obra menor» a un libro como este es producto de un juicio apresurado y superficial que no se ajusta para nada a la joya que es este pequeño cómic sobre brujas.

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