No importa cuánto avancemos como raza. Cuánto creamos haber evolucionado. El ser humano siempre tendrá el mismo puñado de obsesiones, entre ellas, en la cima, la muerte. No por casualidad, la primera historia de la humanidad fue la búsqueda que hizo un rey, llamado Gilgamesh, de la inmortalidad. El futuro, en su versión más ficticia, es decir, en la ciencia ficción, demuestra que seguimos obsesionados por engañar a la muerte. Productos como In time, capítulos varios de Black Mirror, Altered Carbon, o, desde el humor, Upload, muestran infinidad de variaciones que van desde la pura y dura clonación hasta la transmisión de la conciencia de un cuerpo a otro o a entornos virtuales.
Otra de esas versiones futuristas, esta en el mundo de los cómics, es Los últimos días de un inmortal, Fabien Vehlmann y Gwen de Bonneval, donde la supuesta inmortalidad se consigue mediante una tecnología que permite replicar conciencias en cuerpos alternativos llamados «ecos», que vienen a ser algo así como una especie de clones con conciencia y recuerdos compartidos (ojo, porque cada nuevo recuerdo tiene que reescribir obligatoriamente un recuerdo anterior). Es, por tanto, una inmortalidad en la que la identidad se vuelve algo difuso y en la que las decisiones personales adquieren una nueva dimensión, ya que un individuo puede existir en varios lugares a la vez, a través de esos ecos, vivir diferentes versiones de una misma vida o, incluso, decidir dejar de existir.
El protagonista, Elijah, pertenece a la «policía filosófica», una denominación que deja claro ante qué tipo de ciencia ficción nos encontramos. Esta organización está encargada de mediar conflictos de tipo cultural e ideológico entre distintas especies inteligentes que conviven en una comunidad galáctica, una situación que vemos frecuentemente en el género pero que normalmente se afronta con naturalidad. ¿Qué ocurre si lo que para una especie es un signo de respeto para otra representa una afrenta o incluso un peligro a su integridad? Como mediador, tendrá grandes dificultades, ya que la representación del tiempo o incluso la forma física de alguna de estas razas son muy diferentes entre sí y también con respecto a la raza humana.
En su último caso, Elijah se enfrenta a una compleja disputa entre dos razas alienígenas —los gánedones y los aleph 345— cuyas diferencias podrían desembocar en una guerra. Además, este conflicto se entrelaza con un viaje interior del propio protagonista, que deberá afrontar la decisión de su mejor amigo de morir definitivamente, sin replicarse. La obra se despliega como una investigación policiaca atípica, donde lo importante no es tanto descubrir un crimen sino comprender una cultura ajena, sus mitos, sus formas de pensamiento, y encontrar un modo de convivencia antes de que el desencuentro se torne irreversible.
El ritmo es pausado y reflexivo, más centrado en el diálogo que en la acción, y cada escena parece aludir, más que a la trama en sí, a las preguntas que la sostienen: ¿qué sentido tiene la vida cuando la muerte es opcional?, ¿qué valor tiene la memoria si puede ser externalizada o eliminada?, ¿puede la convivencia entre especies tan diferentes sostenerse sin una ética compartida? Estas cuestiones se plantean sin dogmatismo, en un tono sobrio que evita el dramatismo incluso en los momentos más emocionales, como la despedida de un ser querido que ha elegido desaparecer para siempre en un mundo donde nadie lo hace. La narrativa, densa en cuanto a ideas, a veces incluso se podría decir que pretenciosamente densa, presenta fallos en su desarrollo, debido a un planteamiento excesivamente fragmentario, con cambios muy abruptos de escena, y una acción por momentos demasiado precipitada.
Visualmente, el estilo gráfico de Gwen de Bonneval es deliberadamente austero: líneas limpias, ausencia de profundidad, bitono apagado. Esta economía de recursos, que podría parecer descuidada a primera vista, incluso feísta podría decirse, actúa como una prolongación del tono narrativo: frío, casi clínico, pero con cierta eficacia a la hora de destacar las ideas por encima de la ornamentación. Lejos de deslumbrar con mundos recargados o efectos espectaculares, el cómic opta por una estética minimalista que refuerza el extrañamiento, como si el futuro hubiera renunciado a la exuberancia en favor de la funcionalidad. Podemos ver esto, por ejemplo, en los escenarios, en el desarrollo de los extraterrestres, de líneas muy simplificadas e incluso algo tópicas, o en el diseño de los vestuarios. Esta elección visual, sin duda, no será del gusto de todos, pero al menos resulta coherente con el tipo de relato: más cerebral que emocional, más filosófico que sentimental.
Aunque el desenlace resulta algo abrupto y, como se ha dicho, ciertas transiciones entre escenas tampoco están del todo logradas, la obra deja huella más por su capacidad para abrir preguntas que para cerrarlas. Es una historia de ciencia ficción que no depende del artificio tecnológico ni de la espectacularidad del mundo construido, sino de la profundidad con que se exploran los dilemas que esa tecnología provoca. No es un cómic para quien busque acción trepidante, sino para quien disfrute de la reflexión pausada, de los conflictos éticos, de la ambigüedad moral y del peso que puede tener una decisión cuando la muerte ya no es un límite, sino una elección.

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