Hay engaños que duran apenas unas horas y otros que pasan a la historia por la audacia con la que fueron concebidos. A principios del siglo XX, mucho antes de que existieran las redes sociales o internet, un hombre consiguió convencer a periódicos de todo Estados Unidos de que acababa de heredar un exótico sultanato en Filipinas, una inmensa fortuna y hasta un harén de esposas. La historia era tan extravagante que parecía sacada de una novela de aventuras, pero durante semanas fue tratada como una noticia completamente verídica. Más de un siglo después, el libro The Princess, the Speed-King, and the Sultan of Llang-Llang, de John M. Locke, reconstruye cómo se gestó una de las farsas periodísticas más sorprendentes de su tiempo y revela que detrás de ella hubo mucho más que un simple embaucador.

El protagonista de esta historia fue Robert Armistead McLean, un exmarine estadounidense con experiencia como periodista y un talento extraordinario para captar la atención de los medios. En 1919 comenzó a contar que, durante su estancia en Filipinas, había entablado una estrecha amistad con el sultán de una pequeña isla llamada Llang-Llang. Según su relato, el monarca, al morir sin herederos, había decidido legarle el trono, sus riquezas y todas las prerrogativas propias de un soberano oriental. Era una historia tan pintoresca como irresistible para los periódicos de la época.

El contexto ayudó enormemente a que el engaño prosperara. Estados Unidos acababa de salir de la Primera Guerra Mundial y el interés por los territorios lejanos y las culturas exóticas era enorme. Para la mayoría de los lectores, Filipinas seguía siendo un lugar remoto y desconocido, donde cualquier relato parecía posible. La prensa, inmersa además en una feroz competencia por atraer lectores, no siempre disponía de los medios necesarios para comprobar historias que llegaban desde el otro lado del mundo. McLean supo aprovechar esa situación con una habilidad casi teatral.

Su estrategia fue tan sencilla como eficaz. No presentó una única gran mentira, sino que fue alimentando el relato poco a poco. Concedía entrevistas, respondía preguntas y añadía nuevos detalles que hacían la historia cada vez más fascinante. Incluso llegó a aparecer vestido con ropas propias de un sultán, reforzando la imagen que los periódicos estaban difundiendo. Cada nueva publicación servía para dar credibilidad a la anterior, creando un círculo en el que muchos medios daban por cierta la información simplemente porque otros ya la habían publicado.

Sin embargo, el fraude tenía un punto débil imposible de ocultar para siempre. Un estudiante filipino familiarizado con la geografía y la organización política de su país advirtió que el supuesto sultanato de Llang-Llang jamás había existido. La denuncia desencadenó una investigación que acabó desmontando toda la historia. Sin pruebas que respaldaran sus afirmaciones, McLean terminó confesando el engaño, y la misma prensa que había contribuido a convertirlo en una celebridad pasó a presentarlo como el responsable de una de las mayores bromas periodísticas de la época.

Una de las aportaciones más interesantes del libro de John M. Locke es que cuestiona la idea de que McLean actuara completamente solo. Tras investigar documentos y testimonios de la época, el autor sostiene que la farsa fue el resultado de la colaboración de tres escritores, los personajes que dan título a la obra: la princesa, el rey de la velocidad y el sultán de Llang-Llang. Cada uno habría desempeñado un papel diferente en la creación y difusión de la historia, combinando imaginación, conocimientos del mundo editorial y una notable capacidad para manipular el funcionamiento de los medios de comunicación.

Más allá de lo pintoresco del episodio, la historia resulta sorprendentemente actual. El caso demuestra que la desinformación no nació con internet ni con las redes sociales. Ya hace más de cien años era posible construir un relato falso lo suficientemente atractivo como para que se propagara de un periódico a otro sin apenas verificaciones. Lo que hoy llamamos una «fake news» viajaba entonces por telégrafo y aparecía impresa en los diarios, impulsada por la misma mezcla de fascinación, prisas y confianza excesiva en las fuentes que todavía sigue alimentando muchos bulos.

Quizá por eso el caso del inexistente sultanato de Llang-Llang continúa despertando interés más de un siglo después. No solo porque demuestra hasta dónde puede llegar la imaginación de un buen fabulador, sino porque revela una verdad mucho más incómoda: cuando una historia es lo bastante extraordinaria y responde a lo que el público desea creer, incluso los medios de comunicación pueden convertirse en los mejores aliados del engaño.

Comentarios

comentarios