El supuesto de que Borges rehuía de la tradición argentina es incierto. Muchos se afincan en esta idea para acrecentar su conservadurismo político. De que lo era, no cabe duda; pero hay que decir también que desligó, a mediados del siglo XX, del peronismo y el comunismo, el nazismo y el fascismo. Borges no descansó en separar lo literario de lo político; creo que es un tema polémico interminable. Con todo, el escritor valoró las raíces populares del ser argentino: sus manifestaciones líricas, sus fantasmas míticos y sus virtudes ancestrales. Habría que preguntarnos en este breve ensayo: ¿cómo los políticos instrumentalizan eso que llamamos «tradición»? ¿Dónde situarnos ante lo universal?
I
En la década de 1940, Borges agarró no pocas rabietas gracias a los facilismos de los «nacionalistas» de su país. Para estos, la lírica espontánea de los gauchos ya era popular por generación espontánea. A lo que el maestro apuntaba con severidad: una cosa es la poesía de los gauchos y otra la poesía gauchesca. ¿Cómo es eso posible? Veamos: la primera es la que florece espontáneamente sin tapujos lingüísticos y verbales en la pampa y en los lejanos suburbios; la segunda, la que los poetas contemporáneos han adaptado –Hidalgo, Ascasubi, Del Campo, Hernández– en endecasílabos armoniosos.
Esta diferenciación a muchos les parecía pedantería erudita. Sin embargo, Borges seguía adelante: «La idea de que la poesía argentina debe abundar en rasgos diferenciales argentinos y en color local argentino me parece una equivocación». Los argumentos van al grano, desarticulando cualquier artificio aventurero. En pocas palabras, deja al descubierto los entuertos: «El pueblo –y esto yo lo he observado no sólo en los payadores de la campaña, sino en los de las orillas de Buenos Aires–, cuando versifica, tiene la convicción de ejecutar algo importante, y rehúye instintivamente las voces populares y busca voces y giros altisonantes», refiere en su libro titulado Discusión.
II
Borges creía que la literatura no debe definirse por los rasgos diferencias de un país, «reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo». Observa que esto es una tarea más errónea que lastimosa. El ser criollo, puesto a delimitarse, a diferenciarse, a separarse de todo rasgo externo; el hombre y la mujer deseando quedarse solo –y he aquí la contradicción– para encontrarse con la «argentinidad» y el «progreso». Entuerto trágico; más no inevitable. Todo se reduce en quienes instrumentalizan estas tonalidades con fines ideológicos, opina Borges. Pero así era el peronismo, capaz de llevar el «patriotismo» a confines ilimitados. Sus apóstoles tenían la convicción de separar qué era o no popular, estableciendo una red cutánea para defender «el color local» de influencias «occidentales».
¿Pero cuál es la tradición argentina? La respuesta es la que subyace en toda su obra ensayística: «…es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esta tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental». El acto estético y cultural en el amplio sentido del término, no soporta fronteras; así lo hicieron Shakespeare, Kipling, Chaucer, Swift, Berkeley, Shaw. El determinismo debe, según Borges, debía ser denunciado.
III
Borges amó la obra de José Hernández, titulada Martín Fierro (1872). En sus ensayos literarios hace referencias a sus pasajes constantemente. Sobre todo, brota de ellas una emoción cautivadora con respecto a la visión que tuvo del «gaucho». Borges sitúa al gaucho y su cosmovisión en términos universales, ecuménicos, lo que dicho sea de paso significaba comprender el verdadero ser argentino. Confiaba Borges que el sueño no conoce fronteras; mucho menos las metáforas ni los laberintos de la cultura. De allí que apuntaba con audacia: «Debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara».

El sueño no conoce fronteras. Me encanta esa manera de expresarlo. Un artículo muy interesante, en cuanto a lo que se refiere a Borges y a lo que podría dar de sí el tema. ¿Llevar la literatura a lo diferencial o a lo universal?
Gracias.
Es innegable el aporte de Borges a la literatura universal. Si bien como dice el artículo era un defensor de la tradición literaria argentina, también se consideraba a sí mismo como «un escritor europeo en el exilio, ni hispanoamericano ni latinoamericano» lo cual no le quita un ápice a su legado.
Muchos lo han catalogado como un «conservador progresista» considerando su renuncia pública, en el prólogo de «Luna de enfrente» al nacional populismo primero, y después al comunismo. La discusión continúa hasta hoy por los herederos de la polémica.
Unos pueden recordarlo por publicar obras inconcebibles o citar páginas de otros autores argentinos, tomar mate con Fanny y declarase pacifista después de la guerra de las Malvinas, mientras que otros no le perdonaran el haber pedido, en vida, ser enterrado en Ginebra y no en la inmensidad de la pampa. O testar a favor de Kodama.
De lo que estoy convencido es que la grandeza del autor de «El Aleph», igual que cualquier sueño, tampoco reconoce fronteras.
Hola. Tengo que decir que he empezado a leer «Martín Fierro» de José Hernández a raíz de este artículo (no lo había leído nunca antes, y eso que tengo una edición del libro en casa que es de hace casi veinte años). Me está gustando, aunque tengo que andar, de vez en cuando, yendo al final del libro, al glosario, para no perderme… Por otro lado, centrándome en tu artículo, me quedo con la idea del autor acerca del «determinismo» definitorio dentro de la literatura, y con la de que «el sueño no conoce, no soporta fronteras». Lo cierto es que Borges nos sigue enseñando muchas cosas a través de sus obras. Gracias por este gran artículo. Un saludo.
Estimados, gracias por sus comentarios. A donde estemos los sueños siguen siendo la única esperanza que tenemos; lo ideológico, tal vez sea lo más transitorio y fugaz que exista. Borges lo sabía, lo aseguraba. En esto tiempos de ceguera nacionalista, su ejemplo sigue dándonos en la conciencia.
¡A leer a Borges! ¡A seguir cultivándolo!
Saludos desde Caracas.
@AedoLetras
Creo que juzgar a Borges desde criterios meramente políticos es un error. ¿No fue este uno de los grandeds motivos por los que se le negó el premio Nobel? Muchos escritores han tenido opiniones políticas conflictivas, pero eso no tendría por qué influir necesariamente en la valoración que se haga de su obra.
De Borges lo que menos me ha llamado siempre la atención es precisamente su faceta más argentina. El Martín Fierro lo leí en su día, pero más que el libro en sí lo que me llamó la ateción fue la lectura que Borges hacía de él. Sin embargo, creo que la gran aportación de Borges a la historia de la literatura es su faceta de escritor universal. Esa es la grandeza de los escritores, que incluso lo más concreto y regional consiguen proyectarlo a nivel universal.
Un tema el de este artículo que además de responder a Borges creo que es muy apropiado para una buena parte de los autores hispanoamericanos, siempre a medio camino entre la tradición de su país y el europeísmo.
Un saludo.