Parece obvio, pero hay que decirlo. En un panorama literario un tanto saturado de distopías juveniles, la prueba de fuego es la opinión de los lectores. Que una novela haya cosechado críticas tan positivas en tan poco tiempo desde su lanzamiento ofrece ciertas garantías. Ese es el caso de Las pruebas de Unter de Mia Faraday, una obra que mezcla distopía y romance con elementos que recuerdan a Los juegos del hambre o Divergente.
Situada en una ciudad subterránea de cuarenta y dos niveles, Unter está gobernada por una Inteligencia Artificial que periódicamente selecciona a cincuenta candidatos para superar cinco pruebas a vida o muerte con el objetivo de acceder a la élite que lo controla todo. En esas pruebas participará Nova Black, una joven sin mejoras biónicas en una sociedad donde todos las tienen. Cuando Adrien Solterra, miembro de la élite privilegiada, la elige como su candidata, comienza una relación llena de desconfianza y tensión emocional, que tendrá consecuencias tanto dentro como fuera de las pruebas, e incluso más allá.
En un mundo en el que ya estamos presenciado cómo dejamos cada vez más ámbitos de nuestras vidas en poder de la Inteligencia Artificial, llamada Eris, Nova no solo representa una anomalía dentro del sistema de Unter, sino que encarna una resistencia profundamente humana al control cada vez mayor de la tecnología sobre nuestras vidas. Su progresivo triunfo en las pruebas no se justifica por emplear una ventaja tecnológica, como sí hacen sus rivales, sino por una mezcla de tesón, sentido ético y pura voluntad de supervivencia. Esta elección narrativa, la de una protagonista vulnerable, sin ventajas aparentes, a priori un caballo perdedor, es uno de los grandes aciertos del libro, y permite que el lector se identifique con ella de manera inmediata. Por suerte, no estamos todavía en una sociedad en la que los humanos utilicemos implantes para mejorar y potenciar nuestras habilidades y Nova Black funciona como espejo en el que nos vemos a nosotros mismos.
Pero este personaje, no nos engañemos, no funcionaría igual si estuviera solo. El otro gran pilar sobre el que se sustenta la novela es el frío y arrogante Adrien Solterra. La tensión entre ambos, teñida de desconfianza, sarcasmo y atracción sugerida, sostiene una buena parte del interés narrativo. La fórmula del enemies to lovers no es nueva ni mucho menos, pero Mia Faraday la maneja con destreza, sin caer en lo empalagoso ni en el cliché. Hay una progresión emocional bien construida, que se apoya más en las acciones que en las palabras, y que va cociéndose al ritmo de las pruebas.
El tercer personaje fundamental dentro de la novela no es un personaje en sí, sino una ciudad. A pesar de que el lector solo ve fragmentos de la estructura y del funcionamiento de Unter, es suficiente para que sienta el peso de una arquitectura aplastante. Su organización vertical, su código rígido dominado por algoritmos y ajeno a cualquier compasión, y su aislamiento del mundo exterior contribuyen a crear un clima de opresión y control que recuerda a otras distopías clásicas, pero articulándose con una personalidad propia.
Mia Faraday escribe con una clara conciencia de la cadencia narrativa: capítulos breves, tensión creciente, finales de escena bien calculados. Su prosa, sencilla y directa, sabe detenerse lo justo para dejarnos respirar antes del siguiente giro. Las cinco pruebas cumplen a la perfección su función narrativa: generar un ritmo vertiginoso, desarrollar presión psicológica en los personajes y mostrar su evolución. Además, aunque el foco esté puesto sobre todo en los personajes y en sus relaciones, el hecho de que las pruebas sean televisadas y, como se ha dicho, que todo esté controlado por los designios implacables de Eris, añade capas de crítica social.
En definitiva, Las pruebas de Unter no busca reinventar el género. Lo que ofrece, una historia de supervivencia emocional, de lucha contra un sistema deshumanizado, y de vínculos que nacen en los márgenes de la lógica, lo hace de forma intensa, adictiva y honesta. El mensaje implícito es que lo humano sobrevive incluso en los entornos más controlados, y que amar, o simplemente confiar, puede ser el acto más subversivo de todos. Ideal para quienes disfrutan de las distopías con corazón, de los romances con fricción y de las protagonistas capaces de salvarse a sí mismas.

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