Maestro del terror de Manuel M. Vidal y Josep Busquet.

El ladrón de palabras es una película de 2012 en la que un escritor frustrado encuentra un manuscrito perdido, lo publica como propio y alcanza la fama mundial, hasta que el verdadero autor aparece para reclamar la autoría de la obra. La película funciona bien porque explora cuestiones tan interesantes como la ambición, la culpa, el peso de la creación artística y las consecuencias morales de apropiarse del trabajo ajeno.

Ese es, precisamente, el mismo punto de partida de Maestro del terror, y por eso resulta tan fácil dejarse seducir por su propuesta. Aquí nos encontramos con un escritor mediocre que adquiere en una librería de viejo dos novelas de terror sin firma y de las que, aparentemente, no existe registro alguno. Convencido de que nadie podrá reclamar jamás su autoría, decide publicarlas bajo su nombre. El éxito es inmediato. Sin embargo, incapaz de repetir aquel triunfo por sus propios medios, ve cómo su carrera comienza a estancarse.

La situación cambia cuando, durante una firma de ejemplares, un extraño individuo le entrega un nuevo manuscrito. Esta vez, además, el libro viene acompañado de una dirección: la de la supuesta editorial responsable de aquellas misteriosas obras. El siguiente paso parece inevitable. El protagonista emprende un viaje para descubrir quién se encuentra detrás de esos textos y cuál es el origen de un talento que nunca le perteneció.

Hasta aquí, Maestro del terror avanza con eficacia. Plantea un misterio atractivo y promete una explicación que podría explorar cuestiones tan sugerentes como la creatividad, el plagio o el precio del éxito. El problema es que la resolución no está a la altura de lo planteado.

Lo que el protagonista encuentra al llegar a su destino es una historia insípida que mezcla fantasmas, pactos infernales y una sucesión de persecuciones, asesinatos y escenas sangrientas que parecen estar ahí únicamente para generar impacto visual. El misterio inicial queda relegado a un segundo plano y la obra se abandona a una acumulación de tópicos del terror sin desarrollar ninguno de ellos con especial acierto. Todo aquello que hacía interesante la premisa desaparece para dejar paso a una narración rutinaria y previsible.

Ni siquiera el desenlace logra salvar el conjunto. La idea de que el protagonista termine vendiendo su alma a cambio del éxito podría haber servido para cerrar el círculo temático de la obra y ofrecer una reflexión sobre la ambición y el talento. Sin embargo, una desconcertante escena poscréditos termina por arruinar cualquier posible efecto, dejando una sensación de confusión más que de inquietud.

El apartado gráfico tampoco aporta demasiado. Sin ser un desastre, el dibujo resulta funcional y poco más. Carece de la fuerza necesaria para compensar las carencias del guion o para construir una atmósfera verdaderamente inquietante. Todo transmite la impresión de una obra realizada sin demasiadas aspiraciones, conformándose con cumplir los mínimos exigibles.

El resultado final es un cómic que parece querer ser una incursión en el género del terror, pero que acaba perdido en un terreno indefinido. Como esas casas del terror que intentan asustar al visitante pero fracasan porque los mecanismos quedan demasiado a la vista, Maestro del terror nunca consigue generar auténtica inquietud ni despertar el interés que prometía su planteamiento inicial. Y eso es, quizá, lo más frustrante de todo: no estamos ante una mala idea ejecutada con torpeza, sino ante una muy buena idea desperdiciada.

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