Blanco (2020, :Rata_), de Han Kang (Seúl, 1970), es un texto que aparentemente se enfrenta al reto de describir una lista de cosas blancas. Las dos tentaciones más evidentes a la hora de enfrentarse al análisis de una novela así son o bien considerarla como un ejercicio literario mejor o peor llevado, o bien recurrir lo más rápido posible a una explicación culturalista —esto es, ya que la autora, Han Kang, es tal vez uno de los mayores exponentes de la literatura coreana contemporánea, averiguar cuál es la simbología del blanco en dicha sociedad y tratarlo como una ventana a la cosmovisión de una cultura que, hasta cierto punto, se nos escapa—. Sin embargo, una vez concluida su lectura, diría que Blanco esconde un mensaje universal perfectamente coherente con la mirada que la autora había desplegado en sus textos anteriores. 

Como lectores, rápidamente nos percatamos de que el tema real al que intenta acercarse la novela es la muerte prematura de la hermana de Kang, antes de que la propia autora naciese. Blanco, dividido en tres partes, afronta la cuestión desde al menos dos ópticas diferentes: la propia narración de Kang, en la primera y tercera parte, y una fabulación de cómo podría haber sido la vida de la hermana muerta, siempre a través de la descripción de objetos blancos o de momentos vinculados a ellos —como el caer de la nieve—. En este sentido, Blanco guarda cierto paralelismo con la novela de Annie Ernaux La otra hija, en la cuál Ernaux rastrea en su propio pasado a través del no-recuerdo de su hermana, también fallecida. Ambos textos comparten una serie de motivos y temas —la comparación inevitable entre ambas, el impacto que ha podido tener esa pérdida en la constitución familiar, imaginar cómo sería un mundo en el que “la otra” no ha muerto; incluso, en cierto modo, el estilo lacónico y minucioso— y, sin embargo, tienen una óptica completamente diferente. Mientras que el texto de Ernaux se construye de una forma más próxima a la autoficción y a la indagación personal, el relato de Kang parece, más bien, traer una serie de consideraciones sobre el significado de la futilidad de la existencia y cómo enfrentarse a ella.

Han Kang se dio a conocer a nivel mundial por la novela La vegetariana, ganadora del Man Booker Prize a la mejor traducción de 2016 y publicada un año más tarde por :Rata_. En 2018, la misma editorial publicó Actos humanosLa vegetariana cuenta la historia de Yeonghye, una mujer que decide dejar de comer carne como primer paso para rebelarse contra las convenciones que la rodean y contra la violencia inherente a toda relación humana. El último paso de su rebelión —spoiler— es intentar ella misma en convertirse en planta. Actos humanos, una novela atípica  sobre la represión policial en la ciudad Gwangju en los años ochenta, nos muestra distintas aristas de la violencia, la muerte y su tristeza. En mi opinión, lo que hace Kang con su literatura es hacer hincapié en la menudencia o incluso trivialidad de la vida, donde reside su tragedia, sí, pero también su belleza. Una cosa que me gusta de Kang es que en un mundo obsesionado por las conspiraciones, siempre trata al mal —ya sea el mal metafísico de la finitud o el mal radical de los seres humanos— como algo banal y cotidiano, más ligado a la estupidez o a lo fortuito que a grandes decisiones cósmicas. Esto entraña una decisión ética, la de cómo enfrentarse a la vida: en La vegetariana se nos plantea la posibilidad de renuncia, en Actos humanos cómo construir la aceptación. Blanco, de algún modo, se constituye como una alabanza de esa fragilidad sin quitarle un ápice de crudeza.

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