La historia de la humanidad está repleta de injusticias derivadas de la forma en que clasificamos a las personas. Cualquier sistema social que etiquete a sus integrantes parece abocada a maltratarlos, y a menudo se usan estas etiquetas para dividir a la población. Así, si eres un esclavo no eres un hombre libre. Si eres blanco, no eres negro. Si eres mujer, no eres varón.

odio al diferente derechos humanos

Lo realmente fascinante de todo esto no es cómo se han ido ganando derechos para los colectivos más vulnerables —colectivos que llegaron a involucrar el 99% de la población en sociedades trifuncionales— sino lo rápido que olvidamos que fuimos clase desfavorecida. La rapidez con la que pasamos de oprimidos a opresores resulta, además de llamativa, poco esperanzadora.

Uno de los casos más sonados de los últimos años es la persecución de las mujeres transgénero por parte de un pequeño brazo del movimiento feminista que se niega a reconocer sus derechos básicos. Que un grupo de mujeres se consideren feministas implica que se encuentran dentro de un movimiento social que pretende la igualdad, por está claro que no la igualdad para todas.

Si abrimos el paraguas de los absurdos odios contra población de diferentes etiquetas, estamos ante un caso similar a defender los derechos de las personas negras pero considerarse en contra del feminismo, como si un derecho fuese superior a otro o si pertenecer a determinada etiqueta justificase el odio a cualquier otra, por descontado de inferior clasificación.

Y lo mismo de forma inversa: considerarse feminista pero ser abiertamente racista supone el mismo panorama de doble rasero no muy diferente a declararse partícipe del movimiento LGTBI+ pero desentenderse de los derechos de las personas negras. Por desgracia, en los últimos años hemos visto aparecer este tipo de radicalismos, aún minoritarios pero persistentes.

Es descorazonador ver cómo tardamos milenios en admitir a los varones menos ricos en los sistemas de gobierno europeos solo para seguir durante siglos ninguneando a las mujeres y, por el camino, explotando varios continentes. No es un panorama muy diferente de analizar a aquellos regímenes del Norte de Europa gobernados por mujeres que niegan la ayuda a un sur empobrecido.

Nuestra capacidad para odiar al diferente parece ilimitada. Pero la forma en que ignoramos de forma deliberada al que no comparte nuestra etiqueta es aún más salvaje. Países que se ignoran unos a otros en base al tono del PIB, sistemas de gobierno demócratas que ignoran dictaduras o feministas que pasan por alto los derechos de todas las mujeres (trans incluidas, claro) son algunos ejemplos.

Este persistente comportamiento no es nuevo. La escisión social no ha aparecido durante los últimos años, aunque sí han aparecido subetiquetas a medida que íbamos ganando derechos para todos. Porque los derechos ganados son para todos y suman siempre. Y si mi nuevo derecho pisa el tuyo, entonces estamos hablando de algo muy diferente a la justicia social que aparentemente persigo.

Por desgracia, la lucha por la relevancia mediática a menudo enfrenta a diferentes colectivos con el mismo objetivo. Hace apenas una semana, un miembro del colectivo LGTBI+ arremetía contra uno de Black Lives Matter porque les habían ‘pisado’ su territorio. Lo cierto es que hace un año lincharon a un negro homosexual, pero a pocos parece importarles mucho el muchacho.

En lugar de aliarse en busca del obvio paraguas común que todos debiéramos compartir, unos pocos elementos disonantes se quejan del orden de las letras de LTTBI+ y otros de si el muchacho de la paliza era primero negro y luego homosexual, como si la paliza tuviese una etiqueta distinta al odio al diferente.

Por desgracia, lo observado hasta ahora no aporta demasiada confianza, y todo parece indicar que en cuanto aparezca un nuevo colectivo, una nueva etiqueta, esta recibirá el odio de los oprimidos del pasado. En el horizonte se encuentra el movimiento transhumanista. Me pregunto si esta vez sabremos estar a la altura, o si seguiremos cometiendo los errores del pasado. No albergo esperanzas.

 

Imágenes | Hermes Rivera

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