Si tuviésemos que elegir un libro en donde su autor pusiese en práctica el cepillar la historia a contrapelo que pedía Walter Benjamin, una buena elección sería Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano.

Sabedor de que no hay tarea política en Latinoamérica que pueda prescindir de la historia del sub-continente, Galeano traza en su libro los vasos comunicantes entre pasado y presente, a partir de los cuales desnuda una vibrante historia latinoamericana sepultada por toneladas de propaganda destinadas a mantener la postergación y la dependencia de los pueblos de esta parte del mundo.

Próximo a las concepciones de Immanuel Wallerstein, Galeano ve un sistema mundial organizado jerárquicamente, en el que Latinoamérica resultó condenada a la explotación en beneficio de los centros de poder y riqueza del capitalismo mundial. No puede haber entonces historia de América Latina que no sea al mismo tiempo historia del colonialismo y el imperialismo foráneos. La riqueza de europeos y estadounidenses se revela como la contracara de la pobreza de los latinoamericanos.

De allí que aplaudir esquemas explicativos extranjeros equivalga a vendarse los ojos. Si la mitología de un único camino de desarrollo posible para todas las naciones logró arraigar en Latinoamérica, fue porque antes hubo una desvalorización de la historia, las costumbres y los recursos del sub-continente, al mismo tiempo que un ensalzamiento de los patrones propuestos por los extranjeros.

La historia del saqueo de América Latina arranca con las invasiones europeas de los siglos XV y XVI, y el montaje de un sistema colonial destinado a extraer riquezas mediante la organización del trabajo indígena. En estremecedoras páginas, Galeano cuenta el caso de la opulenta Potosí. Dotada de un cerro muy rico en plata, la ciudad produjo ganancias fabulosas que los conquistadores transfirieron a Europa. Las venenosas entrañas de las minas se tragaron la vida de ocho millones de indígenas, arrancados de sus comunidades agrarias y arrojados luego a los socavones. La sangría de la plata dejó tras de sí pobreza y marginación.

No fue mejor la suerte de Latinoamérica con los productos agrícolas. El azúcar, por ejemplo, encadenó la economía de Cuba a las necesidades extranjeras de ese producto. El ingenio, las plantaciones y el esclavismo fueron los engranajes de una organización económica que agotó la tierra, concentró la riqueza y perpetuó la pobreza. Una opulenta aristocracia azucarera importaba de Europa la vajilla en la que comía, mientras los obreros de los ingenios sobrevivían con una magra alimentación.

Del mismo modo, la extensa Amazonia brasileña vivió el ciclo de auge y caída del caucho, materia prima indispensable para la industria automovilística de los países centrales. Los magnates del caucho edificaron en Manaos mansiones lujosas, mientras los seringueiros se cobijaban en chozas. También en Brasil, el café que los hacendados cultivaban y exportaban desertificó los suelos, expulsó poblaciones enteras y redujo a condiciones de vasallaje a muchos campesinos.

Galeano también repasa los límites de los tibios intentos industrializadores, como el de Lucas Alamán en México o Juan Perón en Argentina, temerosos de llegar a un enfrentamiento decisivo con las oligarquías agroexportadoras de sus respectivos países. Poco antes que Galeano, el historiador Milcíades Peña había denunciado las limitaciones de la industrialización argentina en sus Fichas de investigación económica y social.

Así como Ariel Dorfmann y Armand Mattelart encontraron que en las historietas de Disney los reyes de los “salvajes subdesarrollados” siempre se alían con los patos extranjeros, cuestión que expusieron en Para leer al Pato Donald, del mismo modo Galeano señala en su libro la histórica complicidad entre las distintas oligarquías americanas y los capitalistas foráneos en el despojo de los países de la región. Así por ejemplo, el dictador Juan Vicente Gómez hizo numerosas concesiones para la explotación del petróleo que yacía en el rico subsuelo de Venezuela, y permitió a las compañías petroleras estadounidenses escribir una Ley del Petróleo a su medida en 1922. Otro dictador, Humberto Castelo Branco, de Brasil, otorgó en 1964 a la minera estadounidense Hanna las concesiones para la extracción de hierro que ésta venía reclamando.

Las páginas de Las venas abiertas de América Latina proyectan su vigencia hasta las transformaciones que atravesaron las economías y las sociedades latinoamericanas luego de su publicación. La soja y el litio pasaron a ocupar el papel que antes tuvieron la plata, el azúcar y la carne. Un nuevo extractivismo depredador extendió su dominio en el subcontinente. El golpe institucional que derribó al gobierno del Partido de los Trabajadores en Brasil en agosto de 2016 estuvo acaudillado por una oligarquía agroexportadora imbricada con intereses extranjeros. La perpetuación de la dependencia de Venezuela respecto de la renta petrolera menguó los recursos de la Revolución Bolivariana para hacer frente al estrangulamiento externo producido por el embargo con que la castigaron sus enemigos.

El libro de Galeano fue obviamente censurado por las dictaduras de derecha latinoamericanas. Volvió a cobrar notoriedad en 2009, cuando el presidente venezolano Hugo Chávez le obsequió un ejemplar al mandatario estadounidense Barack Obama durante la reunión de éste con los líderes de la Unión de Naciones Sudamericanas.

En 2014, en la Feria Bienal del Libro de Brasilia, Galeano dijo que no volvería a leer Las venas abiertas de América Latina. Inmediatamente, muchos medios de comunicación se lanzaron a decir que el escritor uruguayo se había arrepentido de sus ideas políticas. Pero la maniobra no prosperó, puesto que Galeano jamás renunció a sus convicciones. En especial, porque nunca dejó de ver a Latinoamérica como una región del planeta saqueada en beneficio de otras.

Sin la sensibilidad que siempre demostró como narrador y periodista, Eduardo Galeano no habría podido escribir un libro tan sublime como Las venas abiertas de América Latina. El transcurrir del tiempo no ha desacreditado la historia que se cuenta en sus páginas porque, como sostuviera el filósofo y ensayista Bolívar Echeverría, hay un presente que reclama un pasado.

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