Si hay una novela que ilustra el conflicto social a través de la política a la perfección, esa es El hombre que amaba a los perros, del escritor cubano Leonardo Padura. La novela, publicada en 2011, entrelaza tres historias distintas cuyos personajes se encuentran entre sí: la historia de Iván, un escritor cubano frustrado que ejerce de veterinario en La Habana; la historia de León Trotsky, uno de los líderes bolcheviques de la Revolución rusa de 1917 quien finalmente es desterrado y perseguido por el régimen de Stalin; y la triste historia de Ramón Mercader, quien fuera el asesino de Trotsky enviado por agentes de la NKVD (la policía soviética). Con personajes y hechos reales, Padura realiza un arduo trabajo de investigación a través de fuentes históricas, aunque también se toma las libertades que la ficción ofrece para narrar una historia.

A lo largo del libro se puede sentir en carne propia la angustia y la frustración que padecen los personajes: sentimientos que resultan, en términos generales, de las decepciones y los fracasos de ciertas utopías políticas e idealizaciones sobre la sociedad humana. Así, el personaje de Trotsky no se cansa de expresar su indignación con el régimen autoritario, dictatorial y genocida de Stalin, mientras que vemos a un Ramón Mercader que se deja llevar por las promesas de una mejor sociedad pero que pronto encuentra sus contradicciones en la experiencia misma. Por último, nos encontramos con Iván, quien ve frustrado su deseo de ser el escritor que quiere ser en una “revolución” que bastante se acerca al sistema dictatorial de la Unión Soviética, con censuras, persecusiones y actos de discriminación y de homofobia.

Es así que la mayor reflexión que hace el autor, a mi parecer, es sobre el alcance que tienen para las sociedades las utopías políticas: modelos ideales de funcionamiento social, que a fin de cuentas revisten distintos paradigmas filosóficos sobre la naturaleza humana. Es decir, el hecho de que no hay lugar para utopías románticas: la complejidad humana, la traición y la corrupción de los ideales son obstáculos inevitables. Estas reflexiones se encarnan más que nada en el personaje de Iván, quien, de todas maneras, sueña con una utopía superadora, aunque no deja de reconocer las dificultades, interrogantes e incertidumbres que ese sueño implica:

«Lo cierto era que leyendo y escribiendo sobre cómo se había pervertido la mayor utopía que alguna vez los hombres tuvieron al alcance de sus manos (…), había aprendido que la verdadera grandeza humana está en la práctica de  la bondad sin condiciones, en la capacidad de dar a los que nada tienen, pero no lo que nos sobra, sino una parte de lo poco que tenemos. Dar hasta que duela, y no hacer política ni pretender preeminencias con ese acto, y mucho menos practicar la engañosa filosofía de obligar a los demás a que acepten nuestros conceptos del bien y de la verdad porque (creemos) son los únicos posibles y porque, además, deben estarnos agradecidos por lo que les dimos, aun cuando ellos no lo pidieran. Y aunque sabía que mi cosmogonía resultaba del todo impracticable (¿y qué carajo hacemos con la economía, el dinero, la propiedad para que todo esto funcione?), me satisfacía pensar que tal vez algún día el ser humano podía cultivar esta filosofía, que me parecía tan elemental, sin sufrir los dolores de un parto ni los traumas de la obligatoriedad: por pura y libre elección, por necesidad ética de ser solidarios y democráticos». (Pág. 538).

Estas reflexiones son valiosas no solo para pensar el fenómeno del comunismo, sino también el propio capitalismo. Al fin y al cabo, se trata de dos modelos ideológicos y como tales, están sustentados en ciertos principios e ideales puramente teóricos. De esta manera, muchos de los defensores de estos dos sistemas contrapuestos se apoyan en la justificación de que el fracaso de estos modelos reside en una mala aplicación práctica. Sin embargo, cabe preguntarse si es posible su aplicación de forma perfecta y armoniosa, sin conflictos y corrupciones. Más bien, son dos proyecciones ideológicas extremas que nos sirven para clasificar los distintos sistemas políticos, pero en la experiencia nunca son aplicables de forma pura.  Porque como reflexiona el personaje en la cita anterior, toda filosofía —incluida la que él mismo sueña— tropieza con los obstáculos de la experiencia humana.

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