Muero como he vivido, luchando por la libertad y por la justicia.

¡Oh, si pudiera comunicar a todos que no tengo nada que ver con ese horrendo crimen…

Mi corazón está lleno, rebosante de amor por los míos.

¿Cómo despedirme de vosotros?.

¡Oh, mis queridos amigos, mis bravos defensores, a todos vosotros el afecto de mi pobre corazón, a todos vosotros mi gratitud de soldado caído por la causa de la libertad!

…Continuad la soberbia lucha, que yo también en lo poco que pude, he gastado mis energías por la libertad y por la independencia humana.

…¿Qué culpa tengo si he amado demasiado la libertad?.

¿Por qué he sido privado de todas las cosas que hacen deliciosa la vida? Ningún reflejo de la propia naturaleza, del cielo azul y de los espléndidos crepúsculos en las tétricas prisiones construidas por los hombres para los hombres.

Pero yo no he llevado mi cruz en vano.

No he sufrido inútilmente.

Mi sacrificio valdrá a la humanidad a fin de que los hermanos no continúen matándose; para que los niños no continúen siendo explotados en las fábricas y privados de aire y luz.

No está lejos el día en que habrá pan para todas las bocas, techo para todas las cabezas, felicidad para todos los corazones. Tal triunfo será mío y vuestro, compañeros y amigos.

Bartolomeo Vanzetti

A mi amiga Cristiana, que en estos momentos debe de estar en algún lugar de Roma o tal vez del sur de Italia…..

Siempre me he preguntado hasta que punto nuestras vidas son dignas de ser vividas, hasta que punto las estamos consumiendo sin apenas aportar algo a la comunidad en la que nos insertamos, incluso, si vivimos de cara a nosotros mismos, es decir, conduciéndonos y llevando a cabo las actividades que verdaderamente nos llenen y desarrollen como seres humanos.

Todas las vidas son valiosas, sin duda, pero si espigásemos entre la masa de seguro que terminaríamos por dar con individuos que se rigen por otras normas, que han concebido y tomado conciencia de su deber moral para con ellos y para con lo colectivo, fundamento esencial de la vida. Estas personas , cuya toma de conciencia política les lleva al asombro, al despertar, al posicionamiento ideológico y a pasar, ineluctablemente a la acción, son en mi opinión las más dignas y les considero seres fraternos que no solo lucharon o luchan por sus coetáneos, sino que su lucha se vectorializa y va dirigida a todo ser humano, incluso a los que jamás llegarán a conocer, como si un invisible hilo de Ariadna les uniera con toda la humanidad.

Este, creo yo, es el caso de Sacco y Vanzetti.

Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti eran dos trabajadores de origen italiano que emigraron a Estados Unidos muy jóvenes, con 17 y 20 años respectivamente.

Curiosamente, ambos se reconocían como seguidores del anarquista Luigi Galleani.

Galleani fue célebre por liderar un círculo de militantes anarquistas-terroristas conocidos por ser partidarios de ejecutar acciones de sabotaje contra los patronos y las autoridades legalmente establecidas, a las que no reconocían como legítimas.

De igual manera, Galleani era conocido por sus grandes dotes de oratoria y por desarrollar un intenso trabajo en cuanto al esfuerzo propagandístico, formativo y teórico en el seno de la clase obrera.

En los Estados Unidos se encargó durante 15 años de la edición del periódico italiano “Cronaca Sovversiva”, donde colaboraron habitualmente Sacco y Vanzetti, hasta que fue prohibido por la Ley de Sedición de 1918.

Publicó así mismo, varios ensayos de carácter político como el que salió a la luz en 1914 “Faccia a facciao col nemico” (“Cara a cara con el enemigo”).

Galleani, por tanto, fue el referente ideológico y político en el que se miraron Sacco y Vanzetti antes de emprender su propio camino.

La década de los años 20 marca para los Estados Unidos el triunfo de los republicanos bajo un lema muy concreto, el del «retorno a la normalidad», esto significaba, nada menos, que el intento de que la sociedad y el país en su conjunto regresaran a los principios sobre los que se fundaron la nación, puritanismo, liberalismo económico y nacionalismo, máxime una vez acabada la Primera Guerra Mundial.

La reciente Revolución Rusa, indujo a un creciente nerviosismo de la patronal y las oligarquías, que veían con desconfianza al movimiento obrero local. Las huelgas y los atentados anarquistas proliferaron por todas las zonas fabriles, llevando al país a un periodo convulso que se dio en llamar » el miedo rojo».

La policía, en gran medida, estaba a sueldo de los grandes grupos del poder financiero, empresarial y judicial y solía atribuir numerosos delitos a las facciones más radicales del proletariado urbano, copadas en su mayor parte, por los inmigrantes italianos.

Las tensiones sociales y políticas que provocaron las duras condiciones laborales y de vida, eran por tanto, duramente reprimidas por los aparatos de poder, lo que a su vez generaba una espiral de violencia in crescendo .

La atmósfera estaba envenenada y, en este contexto turbulento es donde ocurrió el suceso en el que se vieron envueltos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.

Alrededor de las tres de la tarde del jueves 15 de abril de 1920, el encargado de pagar los salarios de una compañía zapatera llamada Slater and Morril, establecida en South Braintree, estado de Massachusetts, salió de sus oficinas escoltado de un hombre armado para efectuar el pago de la nómina semanal, pero antes de que pudieran llegar a su destino, fueron detenidos por dos desconocidos, que les conminaron a entregarles el dinero que transportaban, unos 16000 dólares en total. Al hacer estos caso omiso del requerimiento, los dos asaltantes dispararon a discrección, provocando la muerte del escolta y dejando gravemente herido al pagador.

Al tiempo que los atacantes se disponían a coger las cajas con el botín, apareció un tercer individuo armado con un rifle y cubriendo la huída en un coche modelo Buick de color azul.

Unos días más tarde, el 5 de mayo de 1920, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, fueron detenidos a escasos kilómetros del lugar de los hechos, mientras viajaban en un tranvía de la ciudad de Brockton. En el momento de la detención, a Sacco le encontraron en el bolsillo el esquema de un folleto en el que se llamaba a una protesta contra el encarcelamiento y el supuesto asesinato de  Andrea Salsedo y Roberto Elia, trabajadores de la «Cronaca Sovversiva, la publicación del militante anarquista del que hablamos al principio, Luigi Galleani.

A partir de este momento, fueron oficialmente acusados del atraco a mano armada de South Braintree, siendo puestos a disposición judicial.

Desde un inicio, el juicio se convirtió en una farsa mediática donde se conjugaron los prejuicios raciales, anti-obreristas y anti-anarquistas.

El juez encargado del caso, Webster Thayer, no ocultó su odio tanto por los emigrantes en general como por los italianos, los » bachicha», más específicamente, y la prueba de ello fueron estas declaraciones:

«Este hombre, Vanzetti, aunque en realidad no haya cometido ninguno de los crímenes que se le atribuyen, es sin duda culpable porque es un enemigo de nuestras instituciones»

Por supuesto, todo hay que decirlo, que estas declaraciones fueron intencionadamente borradas de las transcripciones del juicio para que así no fueran tenidas en cuenta por el jurado. 

Durante el proceso judicial, Sacco y Vanzetti esgrimieron sus coartadas. En el caso de Vanzetti, declaró que en el día de autos, el del asalto de Braintree, se encontraba vendiendo pescado, presentando para corroborarlo hasta dieciséis testigos diferentes, que juraron haberle comprado anguilas ese día.

En lo que respecta a Sacco, sus declaraciones se mostraron muy precisas explicando que ese día había estado en Boston y más concretamente en el consulado italiano, con la intención de que este  le expidiera un nuevo pasaporte. Más tarde, había estado almorzando con unos amigos en la zona norte de la ciudad, los cuales, una vez requeridos, testificaron a su favor.

Para reforzar la coartada, el abogado defensor de Sacco, el honorable Fred Moore, trató de entrar en contacto con el empleado del consulado que atendió a Sacco en la tarde del crimen; un amigo lo localizó en Italia y le fue presentada una gran fotografía de Sacco, reconociéndole al instante como una de las personas que visitaron el consulado el 15 de abril de 1920.

Lamentablemente, y al encontrarse enfermo, este testigo clave no pudo declarar presencialmente en el juicio, pero su testimonio fue leído en la corte y para asombro de todos los presentes, rechazado por la fiscalía. Una prueba más de la mala fe por parte de los demandantes, el ministerio fiscal, brazo jurídico del estado.

El cerco, pues, iba poco a poco cerrándose en torno a los cuerpos y los espíritus contraídos de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.

Otra parte, no menos importante del proceso, se basó en las pruebas materiales. Nos referimos a las armas empleadas, la balística y una gorra, pero a la acusación no le fue posible probar nada con certeza ya que en lo que se refiere a  la balística nada coincidía, y con respecto a la prenda mencionada, una gorra, les quedaba demasiado pequeña como para haber pertenecido a cualquiera de los dos acusados.

Teniendo en cuenta las pruebas y  los testimonios aportados por la fiscalía y por la defensa a lo largo de la causa, existía una duda razonable, que según la Constitución y las leyes que regían en aquellos años en los Estados Unidos, hubieran sido más que suficientes para absolver a los dos anarquistas.

Aún así, el jurado les declaró culpables, condenándolos a la pena capital en la silla eléctrica. 

«En este país ningún anarquista de pelo largo tendrá derecho a reclamar ante la Corte Suprema»

Declaraciones de advertencia del juez Thayer

A esta sentencia le siguieron seis largos años de apelaciones, testigos que se retractaron de lo declarado y un más que increíble episodio, el que tuvo que ver con el recluso de origen portugués de la prisión de Dedham, Celestino Medeiros, que en 1926 se declaró culpable de los hechos de los cuales se acusaba a Sacco y Vanzetti, exonerándolos de toda responsabilidad al respecto. 

A pesar de este testimonio, y dada la atmósfera xenófoba, anti- obrerista y de corrupción administrativa, el juez Thayer mantuvo la sentencia a muerte.

Desde todos los rincones del mundo llegaron cartas y peticiones de clemencia para con los dos anarquistas italianos, personalidades del ámbito de la ciencia, la política, la literatura, el arte y la filosofía se implicaron personalmente, haciendo llegar al gobernador de Massachusetts su protesta. Entre estos intelectuales se encontraban  Marie Curie, Lindbergh, John,  Dos Passos, George Bernard Shaw, Bertrand Russel, Doroty Parker, André Gide, Anatole France o Albert Einstein.

A pesar de grandes protestas y huelgas en todo el mundo, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927.

Al inicio de esta historia me preguntaba si una vida no comprometida merece o no merece la pena ser vivida, si el no alineamiento, la indiferencia o la tibieza ante los grandes problemas del hombre son actitudes comprensibles o, en cambio, manifiestan el grado de miseria, abatimiento y deshumanización al que hemos llegado como sociedad. De momento, no encuentro respuesta a esta pregunta, pero de lo que si estoy seguro es del inmenso rugido, de la apabullante fuerza, del incontenible grito de libertad que Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti lanzaron al aire.

Sus vidas no fueron en vano, su muerte no resultó estéril porque han llegado hasta nosotros en forma de espada flamígera y como alegoría del movimiento obrero. Ellos dos, por sí solos esgrimen un mensaje diáfano para  todas las generaciones postreras:

La vida sin lucha no vale nada, la muerte sin dignidad es una oscura caverna, diligencia del abismo, incertidumbre eterna de lo que podría haber sido y nunca fue.

Si ellos cometieron algún crimen, fue el de amar a los olvidados.

«Comprendí que, respecto de las necesidades humanas, la igualdad de hecho en cuanto a derechos y deberes es la única base moral sobre la cual puede regir el contrato social humano.

Gané mi pan con el honesto sudor de mi frente, y no hay una sola gota de sangre en mis manos, ni en mi conciencia.

Ahora bien, a los treinta y tres años soy candidato a la cárcel y a la muerte.

Me maravillaría si no fuese así. Pero si tuviera que volver a emprender el “cammin di nostra vida” retomaría el mismo camino.

Eso si trataría de reducir la suma de golpes y los errores y de multiplicar los aciertos.

Vaya, mientras tanto para los compañeros y los amigos, para todos los que son buenos, mi beso fraterno, mi profundo reconocimiento, mi amor, mi saludo, y mis buenos deseos».

Bartolomeo Vanzetti.

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