La araña del olvido de Enrique Bonet.

«Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios», arranca el poema de Lorca «Gacela de la muerte oscura». Esta es solo una de las innumerables profecías dedicadas a la muerte que hay diseminadas por su obra. Inquieta especialmente porque podría no serlo, pero por el momento va camino de hacerse realidad. Todo parece indicar que los restos del inmortal poeta, que supuestamente estaría enterrado en Alfacar, están condenados a reposar lejos del trasiego sosegado de los cementerios. Varios han sido los intentos realizados hasta la fecha de localizarlos, el último en 2018, pero ninguno ha conseguido siquiera desvelar las incógnitas que hay alrededor de su muerte.

Entre los hispanistas, biógrafos y expertos lorquianos, las reconstrucciones de Ian Gibson, que ha dedicado una buena parte de su vida a estudiar al autor, son las más conocidas y aceptadas. Sin embargo, Gibson no es ni de lejos la única persona a la que desvelar los misterios y las lagunas que hay en el asesinato de Lorca le ha quitado el sueño. Una figura mucho menos conocida pero también valiosa es la de Agustín Penón, que a mediados de la década de los cincuenta dedicó dos años de su vida a investigar la cuestión y tratar de encontrarle una respuesta.

Entre 1955 y 1956 Agustín Penón, un escritor estadounidense de origen español que había conseguido un éxito considerable con varios seriales radiofónicos, se trasladó a Granada para investigar a fondo el crimen cometido diecinueve años atrás. Para ello, Penón se entrevistó con amigos íntimos de Lorca, como Emilia Llanos, así como con todo aquel que hubiera tenido contacto con el poeta en sus últimos días o que pudiera tener la más mínima información acerca de su muerte, como la criada o el chófer de la familia, e incluyendo a los que deberían haberlo protegido, los hermanos Rosales, o las personas que supuestamente le arrestaron o le enterraron. Una vez terminada su investigación, regresó a Nueva York con una ingente cantidad de material inédito, con la intención de darle a todo forma de libro. Sin embargo, atormentado por las dimensiones del proyecto, cae en una profunda depresión y lo abandona. Todo el material que había recopilado lo envía, dentro de una maleta, a su amigo, el director de teatro William Layton, que en ese momento vivía en España. Penón acabaría suicidándose sin ver publicado su trabajo.

Aunque Layton no publicaría el material de Penón, a comienzos de la década de los noventa colaboró con Ian Gibson para publicar la historia de su amigo, en el libro Agustín Penón. Diario de una búsqueda lorquiana (1955-56). Después de pasar por las manos de Gibson, la maleta con toda la investigación llegó a otra amiga de Penón, la actriz Marta Osorio, que finalmente se decidió a reunirlo en un libro titulado Miedo, olvido y fantasía.

Esta es la materia prima que utiliza Enrique Bonet para su novela gráfica La araña del olvido. Lo que relata el libro de Bonet es, sobre todo, la investigación que Agustín Penón llevó a cabo entre el 55 y el 56. En una España que en la década de los cincuenta todavía cargaba con la pesada mochila de la Guerra Civil, en la que se veían obligados a convivir vencedores y vencidos, una España llena de miedos y resentimientos y, sobre todo, gobernada por una dictadura que, aunque fue relajándose en ciertos aspectos con el paso del tiempo, mantenía vetadas determinadas cuestiones, especialmente las que implicaban abrir viejas heridas. La trama del libro es, en su mayor parte, como una especie de laberinto, repleto de esquinas, vericuetos y callejones sin salidas. Penón va hablando con unos y con otros, y cada uno aporta su punto de vista sobre la muerte de Lorca, a veces radicalmente opuestos, cuando no contradictorios. A partir de las versiones de unos y otros, Penón irá reconstruyendo algo parecido a la verdad, que no será sino una teoría más, con sus errores y sus lagunas. El ritmo de la novela es, por tanto, en su mayor parte pausado, construido a través del diálogo, con una gran cantidad de personajes que están continuamente entrando y saliendo de escena. Casi como si fuera el propio Penón, el lector estará en constante tensión, obligado a decidir cuál es el punto de vista que tiene más visos de realidad. Es de agradecer que Bonet haya huido de maniqueísmos, algo en lo que habría sido fácil caer, y que nos ofrezca ambos puntos de vista sin prejuicios y con honestidad.

Aunque en la mayor parte del libro, Bonet echa mano de recursos narrativos tradicionales, existen también algunos detalles más experimentales, que se van acentuando a medida que la trama va avanzando. Un ejemplo es la sombra que va apareciendo de vez en cuando, que en un primer momento podríamos interpretar como alguien que va siguiéndole los pasos al protagonista, vigilando que no descubra demasiado, pero que finalmente se revela como la propia conciencia del personaje, y casi se podría decir que acaba convirtiéndose en esa araña del olvido a la que alude el título ‒y que, por cierto, está tomado de un verso lorquiano‒. En cierto momento, además, se rompe la linealidad, cuando Bonet confronta alternativamente los puntos de vista de dos de las personas más importantes en el final de Lorca: su amigo Luis Rosales, que trató de ocultarlo en su casa, y Ramón Ruiz Alonso, la persona que estuvo al frente de su detención. Tampoco se pueden dejar de mencionar las últimas páginas, que condensan de una forma soberbia el final de la vida de Penón y cómo desistió de publicar el libro ‒tal vez hubiera sido interesante que Bonet se hubiera detenido más en esta parte‒.

La araña del olvido es el resultado de una doble pasión: por una parte la pasión que Lorca despertó en Agustín Penón y, por otra, la que el propio Penón despertó en Bonet. Tres personas que nunca llegaron a conocerse y que, sin embargo, desarrollaron un profundo vínculo, lleno de admiración y respeto. A pesar de ser la ópera prima de Bonet en solitario ‒anteriormente había sido el guionista de El juego de la luna, dibujado por José Luis Munuera‒, su autor demuestra tener una soltura más que suficiente para crear universos complejos él solo. Esta novela gráfica no es solo un homenaje a Lorca y a Penón, es también un inteligente reivindicación de la memoria, un alegato contra esa araña del olvido que corre el riesgo de silenciar la memoria colectiva de unos hechos que jamás deberían dejar de ser recordados. Tal vez Lorca fuera solo una más de las innumerables víctimas de una guerra tan trágica como irracional, pero su asesinato, proyectado hacia el mundo por la universalidad del poeta andaluz, se ha convertido en todo un símbolo. Es por eso que la investigación de Penón, que encontrar su tumba y que dar una explicación sobre cómo fue su final, es una cuestión de vital importancia.

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