La artista Niki de Saint Phalle inició su infame serie Tirs en 1961, en un contexto de violencia política en Francia, consecuencia de la guerra de Argelia. El proceso de creación era el siguiente: colocaba un lienzo en posición vertical, frente a ella, con objetos que iban desde zapatos hasta piezas de madera pegadas en él. A continuación, sobre el lienzo situaba latas de pintura, a las que disparaba con un rifle del calibre 22, haciendo que estas explotaran y la pintura se derramara por el la superficie del lienzo. A menudo, las balas penetraban en la lona y la rompían. Una de sus performances más famosas de esta serie tuvo lugar en la embajada de Estados Unidos en París, lo que hizo que en 1962 su serie se trasladara a Estados Unidos y le dio gran fama.

Con frecuencia se ha establecido una conexión entre el paradójico proceso destructivo de creación de Saint Phalle y el profeso de superación de la artista de una infancia traumática, con una estricta educación católica y años de abusos sexuales por parte de su padre. Creciendo en una aristocrática familia de banqueros, que explica esa excesivamente conservadora educación, Saint Phalle rechazó ese pasado a través del arte, que convertía la violencia en algo creativo, algo sobre lo que ella tenía cierto control.

Los Tirs de Saint Phalle provocan una sensación de violencia efímera, algo infantil.La artista comparaba su obra con la muerte y, en muchos sentidos, con la guerra, aunque con un importantísimo detalle distintivo: su pintura renace a través de su destrucción, como si fuera, en palabras de la propia Saint Phalle, «una guerra sin víctimas». El componente de su arte no es solo simbólico sino también existencial: su pintura muere para resurgir con más fuerza, dejando atrás el trauma.

Todo esto era percibido por sus espectadores durante la performance, experimentando alguna forma de muerte y renacimiento, una catarsis que todavía sigue viva en su trabajo. Si víctima y vencedor son el mismo individuo, la propia Saint Phalle, también la audiencia acompaña a la artista en ese proceso. Esa confrontación con la violencia libera al espectador como lo hace con el artista.

La catarsis está presente en el lienzo como algo físico. La pintura gotea, fluye por todas partes, como si no hubiera límite entre ella y los objetos pegados al lienzo. También algunos objetos han sido disparados, ya sea por accidente o intencionalmente. Sin embargo, a pesar del caos del planteamiento, el lienzo resultante tiene una indudable coherencia. Su luz hace que toda la falta de lógica sea inteligible. El pasado de la artista se va liberando a través de un viaje, una intensa catarsis a la que se somete tanto la artista como el espectador. Aunque la ira suele ser una emoción negativa, aquí la violencia ha sido reformulada, para dar como resultado una sensación de tranquilidad y paz.

Saint Phalle fue una de las primeras artistas femeninas en ganar reconocimiento en el mundo del arte de la década de 1960, dominado por hombres. Hizo del cuerpo femenino un lugar de creación y, de hecho, después de alcanzar fama por su serie de Tirs y convertirse en una de las llamadas «artistas rebeldes de la vanguardia», trabajó en sus Nanas, una serie de esculturas que exploran los roles de la mujer y que son un hito en la historia del arte feminista.

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