A cierta edad, cuando uno tiene escuela de vida, viajes en la mochila, lecturas archivadas en la memoria y la suficiente voluntad de aprender de cuanto en su día a día halle, hay ciertas facetas de la naturaleza humana que no le resultan de asombro, pues en eso consiste el sosiego de la certidumbre. Sin embargo, siempre hay excepciones cuando los tiempos recientes se recrudecen como salpicaduras que se propagan con tan virulencia que no hay siquiera paragón. Me refiero a esa España cainita, supongo, gestada en la enjundia de cristiano viejo como así se retrata en El Quijote. O, dicho de un modo menos prosaico, la cerrilidad social que tanto infecta las instituciones como la vida corriente.  

Conforme el panorama social y político se entume, percibo que las cuotas de cinismo se han vuelto de un modo tan patológico como peligroso. La prueba no sólo radica en los partidos políticos donde, a pesar de su impudor y de su nefasta gobernabilidad, la militancia de éstos aplaude como súbditos; pero también esa misma patología se refleja en sectores de la comunicación, colectivos diversos y cuanto gremio oportunista quepa. El cinismo es el cáncer de nuestro tiempo. Y entiéndase por cinismo el impudor, la falta de escrúpulos, la desvergüenza adrede de quienes asumen cargos públicos y los chiringuitos de las televisiones que no comportan —por su turbio y escalofriante negocio manipulador— el tesón con el que gestionan la actualidad y los asuntos sociales. Todo ello aun con el propósito de equivocarse y exceder la ética que exige la representación de la ciudadanía. Pero ésas son las reglas de un estadismo que se ha configurado a base de pisotear todo principio constitucional, adulterar la Justicia, la soberanía nacional, los valores cívicos, y, lo que es peor aún, los fundamentos que articulan las distinciones políticas. Esto es, la razón de ser de una formación política. 

Es todo ello un cinismo que, desde hace mucho tiempo, ha sobrepasado todas las líneas del respeto y la ética común. Pertenecer a un partido político sin querer ser consciente de su vileza, arrogancia y mediocridad, hace que el virus de la España cainita se engrandezca. Y en esa contumacia no cabe distinciones políticas; tampoco finalidad alguna ni características de qué colectivo se trate. La España cainita, sinónimo de la España cínica, es el reflejo de un país no sólo aborregado hasta los tuétanos, sino ciego a su presente. Una sociedad que está dispuesta a destruirse a sí misma tan gratuitamente.  

 Y el legado que puede brotar de semejante cinismo es dejar las riendas de nuestra vida al libre albedrío: en manos de políticos mediocres y analfabetos; el detrimento de colectivos sociales que actúan como los jueces de la moral pública empecinados en construirse el mundo a su antojo; periodistas capaces de vender a su madre si hace falta con tal de ofrecer el titular más oportuno y conveniente; ciudadanos repletos de pedantería aplaudiendo —y enorgulleciéndose de que sus políticos aplaudidos hagan con ellos cuanto se les antoje—; el sectarismo más bullicioso de los especímenes que atacan a quienes discrepan de su discurso, sin la menor categoría intelectual ni moral para debatir ni contraargumentar nada; la ultranza de las marionetas que se posicionan en pro de la izquierda o la derecha vomitando en redes sociales mensajes muy perniciosos… Así prolifera esa España cínica, fruto de un retraso cultural y social endógeno; y cuyas consecuencias no hemos sabido paliar desde que, en el siglo XVII, haciendo hito en la literatura universal, Cervantes pariera en su Quijote al cristiano viejo. Es decir, la mejor definición del ciudadano español incapaz de digerir la demagogia que tiene ante sus ojos, la chabacanería, la mediocridad, la simpleza de los truhanes de la política o la putrefacción de los medios más jenízaros y cafres. No hay peor ciego que el que no quiere darse cuenta de lo que tiene delante. Y en esa bobaliconería, ciertamente, los españoles tenemos siempre las de ganar; pese a la diversidad de culturas que puebla nuestra geografía, el clima, la riqueza gastronómica, el variado cariz de los pueblos y sus costumbres que dan esplendor a las tradiciones populares, a la belleza de sus paisajes y su arquitectura urbana, España es, por antonomasia, el paraíso del cinismo más enfermizo del siglo XXI.  

No hace demasiado tiempo que la Iglesia Católica arbitraba los asuntos públicos determinando la moralidad colectiva; y la eminente educación mojigata hacía que la sociedad fuera, aciagamente, un rebaño sumiso. Lo cierto es que no ha cambiado en esos términos, porque, por lo visto, a los españoles no gusta ser un país de súbditos y delegar en otros el control de nuestra apreciada vida pública. Todo ello, claro está, disfrazado de buenas intenciones a base de camelarnos con el prodigioso populismo sibilino, aunque vivamos con una anteojera puesta, como esos burros y mulas empleados para la labranza cuando los aperos sólo se hacían gracias a estos animales. Nos gusta vivir así: infectados de aborregamiento mientras nos desentendemos del bien común por vivir revolcados en las aguas del más virulento cinismo.  Y un país así, a mi parecer, tarda años luz en sanarse. 

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