Chicago, 1985. Ceesepe. Banco de imágenes VEGAP.

Hace unos publiqué un artículo sobre Agustín Gómez Arcos en JotDown. Cabaret Voltaire se ha encargado, junto a Adoración Elvira Rodríguez, de traernos a este autor exiliado durante el franquismo que compuso el grueso de su obra en francés, pero nunca dejó de hablar de España. La España franquista, oprimida y opresora. Está enterrado en Francia, tierra que le fue más amigable. Ahora llega El hombre arrodillado, una de sus últimas novelas, publicada originalmente en 1989.

 

Un hombre mendiga postrado en la calle, detrás de un cartel donde pueden leerse las súplicas que él no se atreve a pronunciar: las palabras de la miseria. Pero ¿cómo ha llegado ahí ese joven fuerte, en la flor de la vida? Al narrarnos las distintas estaciones de su particular calvario, Agustín Gómez Arcos lanza una mirada feroz e implacable, llena de desencanto, a la España posfranquista, a los años de la Movida y a las hirientes desigualdades sobre las que se cimenta la mal llamada sociedad de la abundancia.

 

La literatura de Gómez Arcos es dolorosa. En su prosa elegante, escueta pero llena de poesía, de imágenes, uno puede atisbar un dolor profundo. Es lo que me enamoró de la primera novela que le leí, María República, y es una constante que se va repitiendo en todo lo que me llega. Incluso aunque los argumentos sean dispares, los personajes propios, la voz de Arcos siempre encuentra su camino en el texto; se abre camino, permea una serie de historias que arrancan en el costumbrismo, pero siempre se van hacia el exceso, lo absurdo, aunando el barojiano y valleinclanesco en una misma línea. Aquí la tragedia nos lleva a las minas del norte de España, a la homosexualidad escondida. Ya no estamos en la guerra civil, ni el pronto franquismo: aquí la Transición se abre por una sociedad que Arcos desdibuja. Atisbamos una serie de personajes goyescos: desfilan prostitutas, transexuales, señoras de la alta alcurnia, mineros, pobretones de la España rural, lugartenientes de la misma…

El hombre arrodillado es dos cosas al mismo tiempo: una novela coral y una íntima narración que se asemeja al flujo de conciencia; la omnisciencia del narrador es mentirosa, la voz del personaje principal es pragmática, pero destila amor. Es triste, pero no se humilla. Al contrario que su presente: la humillación de estar en la calle, arrodillado. Y, sin embargo, es un personaje que, muy al contrario, muestra una dignidad que establece un importante diálogo con el lector: la humanidad que emana de unos personajes vivos.

“Así que nunca hay que lamentarse de ser excluido en fase terminal: creas puestos de trabajo. Para jóvenes. Como él, hace tres años. Era joven. Tomó el tren de la esperanza, Pero… lo vaciaron, como un saco de escoria, allí donde se vacía todo lo inútil: en la calle. ¡Aunque arrodillado, aún le queda una pizca de conciencia social! El hombre arrodillado, traducción de Adoración Elvira Rodríguez.

El hombre arrodillado nos muestra, una vez más, a un autor que estuvo durante demasiado bajo la tiniebla. Su obra está adquiriendo un cariz cada vez más relevante en nuestras letras, o eso quiero pensar, aunque sin la labor de su traductora, Adoración Elvira Rodríguez, quizás seguiríamos en un desconocimiento sonrojante en cuanto a nuestra propia literatura. Esta novela es una lectura deliciosa, de las que más me han gustado de Arcos: amarga y llena de vida; humorística y trágica. Una suerte de contrastes que remueven al lector. No es demasiado larga, pero es intensa. Su ritmo es pausado, su narración se toma el tiempo necesario para que el lector penetre la mente del protagonista y se quede allí, atrapado. El retrato social de España parece casi una farsa: es más Almodóvar que otra cosa; rezuma esperpento, se llena de color para, de sopetón, caer en el blanco y negro. Emociona al lector.

Solo queda esperar que el público responda y sus obras completas estén pronto disponibles en nuestra lengua. Y, de paso, que se recuperen las obras teatrales que en vida no pudo representar por culpa de la censura franquista.

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