El policial negro o noire es un género muy esquivo. Sus personajes son antihéroes y habitan en un mundo gris y melancólico. La tradición, tanto literaria como audiovisual, ha recorrido el mundo; sin embargo, poco de este género ha sido explorado en el cine argentino. Por suerte Ana Piterbarg, una intrépida directora y guionista, logró instaurarlo de vuelta pese al dominio de lo autoral en la cultura rioplatense. Su consagración tuvo lugar precisamente gracias a su largometraje Todos tenemos un plan en donde pudo rendirle un merecido homenaje al género que le apasiona.

Para su suerte, los dioses del noire le otorgaron una importante ayuda: la participación en su película del reconocido actor Viggo Mortensen. Cuenta la leyenda que Piterbarg le entregó el guion a Mortensen cuando éste visitaba su club de fútbol favorito, San Lorenzo de Almagro. Al leerlo, el actor quedó fascinado con la historia y fue así como, a partir de ese momento, ambos se pusieron en campaña para realizar el largometraje.

Mortensen es conocido por buscar roles específicos en películas que propongan temas novedosos y originales, por lo que su inmersión en un film noire tuvo perfecto sentido. Y no sólo eso, también defendió el guion en forma aguerrida para que no sufriera modificaciones, y para que la visión de la directora llegara intacta a la pantalla grande. El resultado: un exquisito film noire que se desarrolla  —como muchos de sus análogos— en la periferia, y cuyo protagonista experimenta los más atroces dilemas existencialistas.

La película permitió a Piterbarg obtener reconocimiento mundial y desarrollar nuevas ideas, tanto para la televisión como para la pantalla grande. Así fue como en 2017 produjo y dirigió un segundo policial negro, Alptraum, en donde presenciamos una evolución de la directora tanto en su estilo como en la manera de plantear la narrativa.

Cuando su primera película se estrenó me encontraba en Paris realizando una maestría. Recuerdo haber quedado impresionado por la historia. De adolecente solía ver películas del género debido a mi naturaleza nostálgica y algo depresiva. Varios años después tuve la oportunidad de conocer a su directora y pude conversar con ella sobre su ópera prima.

Fue una apuesta muy osada la de realizar una película de género en la Argentina, sobre todo un policial negro que es un tipo de narración muy particular ¿Cómo surgió la idea?

La película no surgió desde la idea de hacer género, sin embargo la historia fue siempre un policial negro. De hecho, en el proceso de la reescritura me iba apoyando en los códigos del género para terminar de tomar algunas decisiones con respecto a la narración.

¿Crees que está teniendo lugar un resurgimiento del género en la Argentina?

De la mano de este resurgimiento del terror hay un acercamiento del público hacia el género. Claro que hay desconfianza. Se nota mucho que hubo un vuelco hacia lo autoral de manera generalizada; algo que me entristece un poco porque yo, como espectadora, disfruto muchísimo del género, me encanta. Creo que es una mirada errada considerarlo como una obra menor. Hay algo de su estructura que se disfruta mucho, esa relojería para trabajar ciertos códigos. Acatar esos códigos es para mí lo más divertido. Igualmente, podés “estirar” esas reglas y mezclar géneros. Todo relato es un policial. Siempre en una historia hay una pregunta que responder, más allá de que haya o no un crimen. A mí me sirve mucho pensar de esa manera.

Para mí la película se enmarca en una atmósfera existencialista: el plan del personaje es hacerse pasar por otro porque siente que su existencia no tiene propósito, porque está aburrido de su vida. Y luego de hacer eso, seguir la corriente hasta las últimas consecuencias ¿Fue así como pensaste la historia?

Sí, así es. Una novela que utilicé como referencia fue Crimen y castigo. La novela tiene una estructura muy básica: un personaje que comete un crimen y que luego no tiene vuelta atrás. Pero el móvil del crimen es más existencialista que tangible. En un momento de la película el protagonista, Agustín, tiene la opción de volver a su vida pero decide no hacerlo porque siente que no puede. Es la angustia existencialista lo que se lo impide, esa búsqueda de sentido.

¿Es el policial tu género predilecto?

Creo que es el que más me sirve para pensar en la estructura del relato. En realidad de chica me gustaba mucho la ciencia ficción. Lo que me gusta del policial negro es que trabaja con personajes contradictorios y que habla del mundo que nos rodea. Eso me resulta interesante. De todas maneras siempre mezclo géneros. Me sale naturalmente hacerlo. Quizás pueda disfrutar un policial puro pero también puede aburrirme. Me gusta más algo que me sorprenda.

El policial negro es un género muy particular y algo incomprendido por la audiencia mayoritaria, más que nada por su naturaleza existencialista y pesimista. Cuando en Estados Unidos se estrenó la película Blade Runner — un policial negro cyber punk—, la audiencia reaccionó negativamente porque esperaba otra cosa. Lo vieron a Harrison Ford y pensaron que se trataba de otra Star Wars y luego se encontraron con una película lenta bastante melancólica. Con el tiempo se convirtió en un film de culto pero en el momento del estreno, el público no la recibió muy bien porque no la entendió. Creo que sucedió algo así con “Todos tenemos un plan”.

Me parece maravilloso lo que estás planteando. Sí, creo que hay algo del tono de la película que sorprendió a la audiencia. Cuando la gente piensa en un thriller, en un policial o en una película de suspenso, la imagen que le viene a la cabeza es una narrativa con una estructura de relojería. “Todos tenemos un plan” plantea climas muy particulares, y sobre todo, personajes oscuros y contradictorios (algo que diferencia al policial negro del clásico). El tema es que la gente no está acostumbrada a eso. Fue algo que probablemente incomodó a un espectador que esperaba el típico policial. Quizás por eso le fue difícil al espectador acomodar lo que vio a sus expectativas previas. En ese sentido, para mi hubiese sido mejor que la comunicación ayudara a plantear al público lo que iba a ver. Para cuando Viggo hizo Jauja de Lisandro Alonso, la gente ya estaba abierta a nuevas propuestas.

Quizás tuvo que ver con la forma en la que se promocionó la película.

La película se promocionó diciendo  “de los mismos productores de El secreto de sus ojos”, por lo que eso fijó las expectativas y resulta que las dos películas no tienen nada que ver. Para ese público, probablemente haya sido una película rara. Igualmente, tengo que reconocer que, en general, no busco la complacencia del público.

¿Cómo llegaste al arte?

Al terminar la secundaria no quería hacer nada humanístico. Me sentía atraída por las ciencias exactas. Fue así como empecé medicina. Hice un año de la carrera más el CBC pero en un momento comencé a dudar cuando en una guardia médica vi algo que me impresionó. Para esa época estaba haciendo un programa de radio y fue ahí cuando decidí estudiar letras. También fue en ese momento cuando empecé a trabajar en el cine. Después de unos años lo empecé a estudiar. Me anoté en la ENERC e hice la especialización en guion mientras en paralelo trabajaba en dirección.

¿Cómo llegaste al cine?

Creo que el momento en el que realmente me di cuenta de que me interesaba el cine fue cuando vi Terciopelo azul de David Lynch. La vi en el cine Lugones cuando estudiaba medicina. Me impresionó la diversidad de sentimientos que podía generarte una película. Tiene una potencia increíble. En ese momento pensé: “qué increíble que una película pueda hacer esto”. Por esa misma época también me marcó mucho Pacto de amor de Cronenberg. Fue una influencia para escribir “Todos tenemos un plan”. De ahí tomé los personajes gemelos. Recuerdo que en esa época me parecía algo pretencioso dedicarme al cine, me parecía que era algo que no me correspondía.

Como ocurrió con la mayoría de tu generación fuiste influenciada por tres cineastas: David Lynch, David Cronenberg y John Carpenter ¿Qué sacaste de cada uno?

Lo que más me gusta de Lynch y de Cronenberg es el riesgo y la sorpresa. En Lynch hay algo plástico, un trabajo con la imagen que se nota que es muy personal, algo artesanal.  Creo que los tres ponen un foco en una oscuridad latente, algo que me resulta magnético. El hecho de que sea latente y no evidente me atrae. Cronenberg me parece bestial, es el chico que rompe todo, hasta me produce simpatía, Crash es maravillosa, no tiene límites. Carpenter es diferente, es más sutil, elije mantenerse más en la ruta.

¿Qué influencias tenés del policial negro?

Mientras estudiaba tuve enamoramientos con diferentes autores. Uno de los que más me gustó fue Rainer Fassbinder. Hay algo en ese expresionismo alemán con lo que me identifico: el riesgo puesto en acción, no se queda solamente en un planteo estético sino que se mete de lleno en la materia de lo que está hablando. También hay un autor argentino que descubrí más de grande: Carlos Christensen.

¿De chica qué leías?

De todo. Me marcó mucho Asimov, era muy fan. Me fasciné mucho con su historia personal: había escuchado que era historiador, científico y futurólogo, y esa idea de poder proyectar el futuro de la humanidad a partir de la historia y el análisis de la realidad contemporánea. También leí a Dostoyevski y a Kafka.

¿Cómo fue tu experiencia en la televisión?

Empecé gracias a mi prima Albertina Piterbarg, que era vestuarista. Uno de mis primeros trabajos importantes en ficción fue en el piloto de Poliladron. Esa serie fue el inicio de una máquina televisiva que dio mucho trabajo y al mismo tiempo tuvo la intención de crear una nueva televisión. Fue un momento glorioso. Yo entré como continuista y al año estaba dirigiendo. Fui la primera directora mujer dentro de la productora. En Gasoleros fui asistente y luego dirigí en Campeones de la vida. Fue un furor, esas series hacían como treinta puntos de rating, fue un gran momento, Pol-ka no paraba de crecer, y yo como directora trabajaba con un equipo muy joven que tenía ganas de probar cosas nuevas, y eso hicimos. Encima el elenco era increíble: actores que venían haciendo televisión desde hacía cuarenta años compartiendo la pantalla con los de una nueva generación. Teníamos que hacer entre veinte y veinticinco escenas por día y además hacíamos el switcher en vivo, ese montaje era el que después salía al aire. Y al mismo tiempo trabajamos como si fuese cine, planteando una iluminación para cada escena. Probaba cosas todo el tiempo. Fue un entrenamiento importante: trabajaba doce horas diarias de lunes a viernes. Después, encima, me iba a mi casa para leer los guiones y para planificar la semana. Todo eso te quema el cerebro, no sólo por la carga horaria sino también por la presión del aire. Luego de tres años decidí renunciar y comencé a escribir, lo cual era algo que tenía pendiente. A partir de ahí empecé a tomar distintos trabajos siendo más selectiva. Trabajé mucho como asistente de dirección en largos con gente muy talentosa: Adrián Caetano, Fernando Spiner, Martin Rejtman. Después me fui a trabajar a Chile para hacer sitcoms en la televisión. Estuvo bueno porque tuve la oportunidad de trabajar en comedia, es muy entretenido.

¿Qué demonios te persiguen y siguen apareciendo en tus obras?

El doble es una reiteración que siempre aparece y no tengo la menor idea de dónde sale o por qué viene. La muerte, el miedo, la soledad. La ausencia de propósito. El perderse. Creo que lo primero tiene que ver con esa necesidad de ruptura, de quiebre del mandato.

Vos estudiaste medicina, lo que suena como un mandato familiar.

Sí, de hecho quebré un mandato al dejar medicina. Mi padre es médico y mi abuelo también lo era. Pero ellos también quebraron mandatos a su manera. Para mí hay algo en la literatura de ciencia ficción que habla de eso también, porque esas obras hablan de la estructura y la opresión del sistema y de, justamente, quebrarlo u oponerse a él.

Recuerdo una película llamada Un plan sencillo que asocié mucho a “Todos tenemos un plan”.

Sí, la vi. De hecho, la vi mientras escribía el guion. Otra que también influyó fue Fargo. En ambas películas hay un trío. Los triángulos amorosos y los conflictos de a tres me interesan. Creo que se adecuan muy rápidamente al policial. Es algo medio arquetípico. Me encantan los Coen, adoro el humor que tienen, además hablan de una crítica al mundo utilizando personajes de poca monta. En “Todos tenemos un plan” tenemos personajes contradictorios y criminales de poca monta viviendo vidas aisladas y mundanas.

¿Cómo trabajaste la estructura del antihéroe?

Para empezar, me siento identificada con ese tipo de personajes, específicamente con el personaje de Agustín. También me siento identificada con Rosa por la vulnerabilidad femenina. El antihéroe no tiene un propósito sólido y es vulnerable. Tiene convicciones profundas pero no tiene la motivación o la frialdad para materializarlas. Quizás esto se relacione con la falta de propósito. En el final de la película Agustín encuentra un sentido a su vida, pero no en sí mismo sino en otra persona (lo que sí puede considerarse “heroico” en lo que al género respecta). El héroe en este género es un fallido, una especie de héroe caído en desgracia. Son personajes que necesitan ser acompañados un rato largo hasta que empezás a quererlos. En el caso de “Todos tenemos un plan”, el primer acto es largo, tarda en arrancar, y por eso tenés que pedirle al espectador que te banque hasta que empiece a descubrir ese otro lado del personaje que no se ve.

¿La ficción está cada vez más demandada?

Hay una necesidad relacionada con el hecho de que la televisión necesita alimentarse de la ficción. Y en ese sentido el género es un muy buen aliado.

¿Hay que huir de la realidad porque apesta?

Absolutamente (risas). En los últimos años descubrí que lo que nos salva es la ficción. Cada vez que no aguanto más recurro a ella.

¿Cuál es tu relación con el humor?

Cuando hacía televisión también trabajé con Cha Cha Cha. Laburaba con los actores. Era el nexo entre ellos y la producción. Realmente era uno más talentoso que el otro. Por suerte luego tuve la oportunidad de seguir trabajando con muchos de ellos. Creo que es más fácil encontrar la comedia en el trabajo que en una hoja de papel. Me gusta el humor absurdo como el de los hermanos Coen o Polanski en El inquilino. Ese humor subterráneo.

¿Te sentís afectada por la ola de cesura de lo políticamente correcto?

A ver, hay temas importantes que deben tratarse: yo misma me siento interpelada como mujer porque me siento parte del colectivo de mujeres que están tratando de cambiar ciertos patrones negativos que se dan mucho en lo laboral. Pero no puedo obligarme a mí misma a tratar ciertos temas y a evitar otros. En todo caso los trato de una forma que tiene que ver con mi estilo. Por ejemplo, en “Todos tenemos un plan”, la historia de Rosa es una historia de abuso pero no de forma explícita. Cuando hago una historia estoy hablando de lo que de alguna manera me pasa, de lo que veo, de lo que siento, o incluso de lo que he padecido en carne propia.

Hace poco participaste en una versión televisiva de “Los siete locos” y “Los lanzallamas”, ¿te gusta Roberto Arlt?

Las novelas son impresionantes, muy oscuras y precisamente con algo de ese humor subterráneo.

¿Y ahora qué proyectos tenés?

Estoy esperando que se apruebe el financiamiento para un largometraje y estoy con una serie de suspenso y terror que vengo desarrollando hace tiempo con un amigo. Es una coproducción con Chile que tiene lugar en la Patagonia. También estoy escribiendo el desarrollo de una serie de terror para Venezuela. Una suerte de gótico caribeño. 

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