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Se les puede reconocer por sus bolsas de tela de alguna librería, por algunos complementos que los detalan como tazas o chapas, o simplemente porque van con un libro ‒o varios‒ a todas partes. Se les conoce como lectores. Convertirse en uno no parece demasiado complicado. Basta con leer un libro, y después otro, y otro más, y así sin cansarse nunca. Sin embargo, aunque para un lector parezca algo sencillo, además de satisfactorio, no es igual para todo el mundo. Hay también personas a las que leer se les hace bastante cuesta arriba. ¿Por qué algunos encuentran tanto placer en la lectura y otros no? La respuesta, por supuesto, no es única, pero de forma general hay una serie de factores que se deben tener en cuenta.

«Todas las sociedades tienen grupos de personas, más o menos grandes, que leen mucho en su tiempo libre», dice Wendy Griswold, socióloga de la Universidad Northwestern y estudiosa de los hábitos de lectura. Griswold se refiere a estos grupos con el nombre de «categoría de lectores». Este grupo experimentó un crecimiento entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, gracias a que la lectura se convirtió en un hábito más accesible por los avances en la tecnología de impresión, pero a partir de mediados del siglo XX experimenta un retroceso, debido a la expansión de una forma de ocio que fue un duro competidor para los libros, la televisión.

Algunas personas son mucho más propensas que otras a convertirse en parte de la «categoría de lectores». «Los patrones son muy predecibles», según Griswold. En primer lugar, cuanto más educación tenga alguien, más probabilidades tendrá de ser un lector. Se pueden añadir algunas pautas generales más: la gente que vive en zonas urbanas tiende a leer más que los que viven en zonas rurales, existe una correlación entre la cantidad de ingresos y el hábito lector o hay una tendencia a que las niñas comiencen a leer antes que los niños y continúen leyendo en la edad adulta.

Por supuesto, poseer cualquiera de estas características no garantiza que alguien se convierta en lector. La personalidad también parece jugar un papel importante. Para Daniel Willingham, profesor de psicología en la Universidad de Virginia, «los introvertidos parecen ser un poco más propensos a leer mucho en el tiempo libre». Otro factor sobre el que incide Willingham es el número de libros que hay en la casa de un individuo durante su infancia. Existen estudios que corroboran que los niños que crecen rodeados de libros tienden a alcanzar niveles más altos de educación y a ser mejores lectores que aquellos que no lo hicieron. Sin embargo, la mera presencia de libros en el hogar tampoco es la varita que transforma mágicamente a cualquier persona en lector. Willingham propone la siguiente situación: imaginemos que cogemos a un niño que no vaya muy bien en los estudios y le ponemos cientos de libros en su casa. ¿Pasa algo? Casi con toda probabilidad no. Lo importante no parece ser que se tengan muchos o pocos libros sino el valor que se le dé, la actitud, el comportamiento y las prioridades con respecto a ellos que existan en el núcleo familiar.

Lo que parece evidente es que muchos de esos factores se aglutinan en la infancia. Para un lector, que quiere compartir su pasión con sus hijos, es desalentador saber que nada de lo que haga garantizará que ellos se conviertan en lectores. Ahora bien, en su libro Raising Kids Who Read Willingham desarrolla tres variables que tienen una enorme importancia sobre el hecho de que alguien se convierta o no en lector.

En primer lugar, un niño necesita desarrollar una capacidad fluida para decodificar textos, es decir, para pasar de las palabras impresas en una página al significado que tienen en la mente. Esto es algo se enseña en la escuela, pero los padres pueden aportar su granito de arena leyendo a sus hijos y con ellos. En segundo lugar, y relacionado con la anterior, para que un texto se pueda decodificar de forma adecuada es necesario que el niño tenga unos conocimientos mínimos sobre el tema del que trata. Por tanto, los padres deberían intentar facilitar esos conocimientos para armar a sus hijos con las herramientas que hagan que estén familiarizados con lo que leen y que les permitan interpretar con éxito las palabras impresas. Por último, una vez que ya se han logrado los dos elementos anteriores, quedaría el ingrediente principal: la motivación.

Este tercer componente lo analizan Pamela Paul y Maria Russo en su libro Cómo criar a un lector. Sucede que muchos padres están obsesionados con hacer de sus hijos ávidos lectores, precisamente porque piensan que cuanto más lectores sean mayor será su éxito académico, su conocimiento del mundo o su bienestar emocional. La mentalidad de hacer de sus hijos lectores a toda costa puede llegar a convertir la lectura en una obligación, algo que los niños perciben de inmediato. Pamela Paul pone un ejemplo con la comida: la motivación se consigue cuando se presenta la lectura no como espinacas sino como tarta de chocolate. Esto se hace cuando en una familia la lectura se convierte en un hábito regular y placentero. Los padres envían constantemente mensajes subliminales a sus hijos sobre cómo pasar el tiempo libre. Si un padre está leyendo un libro en lugar de ver la televisión o de pasar el tiempo con el móvil o con el ordenador estará transmitiendo una idea a sus hijos. Si los libros se convierten en un tema de conversación importante, también. Si son regalos habituales en cumpleaños o celebraciones o si se visitan de forma regular bibliotecas y librerías y se pasa tiempo en ellas, lo mismo. Otra forma de hacer accesible la lectura es situar los libros en zonas comunes de la casa en lugar de guardarlos en un área concreta, y más si esta no es fácilmente accesible a los más pequeños.

Los lectores que intentan transmitir su pasión saben que es un hábito que tiene una infinidad de beneficios a largo plazo, en momentos posteriores de la vida, pero la clave está en mostrar a los niños el valor intrínseco de la lectura en el momento. Y que los beneficios vengan cuando tengan que venir. Por eso es importante que ellos elijan sus propias lecturas y que no sean los adultos los que decidan lo que deben leer. Por supuesto que nada de esto garantizará que una persona sea o no lectora. Existen innumerables factores particulares imposibles de analizar como las experiencias personales de cada individuo y los vínculos, de afecto o desafecto, que estas crean con la lectura. No es posible aplicar una receta mágica que haga que cualquier niño se convierta en lector, pero por suerte, de la misma forma, también puede ocurrir lo contrario: que en edad adulta alguien que había renegado de la lectura decida abrazarla para siempre.

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