No te vayas sin mí funciona como antología de historias cortas, como tríptico de sensaciones y como muestrario del arte de Rosemary Valero-O’Connell. Una artista a la que no había leído pero que viene abalada por varios premios Eisner y una trayectoria sin mácula con un estilo particular, una narrativa que goza de voz propia y una legión de lectores.

Dos amantes acaban separadas en una dimensión paralela. Una nave que funciona con recuerdos se avería en mitad del espacio profundo. Una profecía reza que una giganta se despertará de un letargo de siglos en el fondo del mar.

En palabras de la autora, “No te vayas sin mí vive y respira las preguntas que surgen cuando nos planteamos qué aspectos de nosotras mismas permanecen en otras personas aun cuando ya no estamos presentes, y cómo nuestras relaciones con la comunidad, nuestras familias y las personas que amamos dan forma a nuestras vidas”.

No te vayas sin mí recoge tres historias que coquetean con la fantasía y la ciencia ficción que funcionan como metáforas del olvido, el amor, la muerte, la depresión… Sentimientos profundos y complicados que poner en dibujos con los que la autora logra componer unas narraciones muy logradas, narrativamente emocionales, hermosas y sugerentes.

En la primera historia (que funciona, quizás, como mejor ejemplo de los temas a tratar en el conjunto de la obra) nos encontramos con No te vayas sin mí, la que da título a la antología, y que nos narra una búsqueda: un lugar mágico en que, al cerrar los ojos, uno se puede transportar a otra dimensión. La protagonista cierra los ojos y, al abrirlos, se encuentra en un mundo mágico lleno de criaturas de fantasía. Un mundo que parece un reflejo del suyo. Sin embargo, al pasar al otro lado ha perdido a su novia, Almendra.

La joven emprende una búsqueda por un mundo plagado de quimeras, mezcla de animales y humanos, personajes oscuros… Pero el dibujo está lleno de luz. Es imposible no quedarse embelesado entre sus páginas llenas de fantasía. La autora desvela pronto sus cartas: una imaginación desbordante y una sensibilidad en el trazo, en la elección del color (que no es blanco y negro; mezcla un suave rosa, con el blanco, el negro, los grises sutiles) y en el tratamiento de los temas. En la búsqueda de su amada, las historias y los recuerdos son monedas de cambio.

Como contrapunto, a veces las páginas están tan llenas de elementos que es confuso saber qué estamos viendo exactamente: las figuras se retuercen, cambian, se combinan, y aunque la claridad y firmeza en el dibujo es indiscutible, las viñetas están repletas de elementos y el ojo del lector se puede llegar a saturar.

Claro que no dudo que esto sea totalmente intencionado, pues define algo: la misma confusión que sufre la protagonista.

Una historia íntima que deja con una sonrisa en la boca.

A mitad del conjunto nos encontramos Lo que queda, historia nominada por separado a un premio Eisner en 2017, que nos narra un futuro en que los recuerdos sirven como combustible para las naves que surcan el espacio profundo. Se perfila un mundo complejo en que la humanidad vive dispersa en distintos mundos, la tecnología colinda con la magia, y un accidente hace que la protagonista se vea inmersa en los recuerdos de otra persona.

Lo que queda es un viaje de sensaciones a través del dibujo: el texto acompaña, pero el dibujo es como una melodía que lleva de la mano al lector. Aquí predomina ese rosa pálido, lleno de calidez, con una distribución menos caótica de las viñetas, una claridad elegante. El recorrido por los recuerdos de la protagonista evoca una poesía; un tipo de ciencia ficción muy particular que resulta evocadora. Lo que queda ha sido mi historia favorita de este tríptico y creo muy merecida su nominación al Eisner, pues es en sí misma una narración fabulosa, completa y plena. La he disfrutado mucho y creo que la lectura del volumen completo se justifica por la lectura de Lo que queda.

Y cierra el conjunto Con temor, con ternura, que supone un contrapunto a lo que hemos leído hasta ahora. Sin ser realmente una lectora poco satisfactoria, al venir de dos narraciones tan oníricas, repletas de sensaciones, esta me ha resultado un tanto lastrada por la cantidad de texto poco útil que plaga sus páginas. Los dibujos de esta historia sobre una giganta dormida y las reflexiones de quienes la observan, esperando que despierte, que no lo haga, que pase algo, se explican por sí mismos: gozan de la misma sobresaliente calidad que el resto, pero el texto resulta muy expositivo, llenando de ruido blanco, de barullo, lo que podría ser una narración más ligera, más silenciosa, y quizás, más sensorial. Me hizo pensar en esto, precisamente, las últimas páginas (sin spoiler, descuiden) en que un personaje lanza dos maravillosas preguntas: ¿qué harás si se despierta? ¿Qué harás si no se despierta?

Algo que podría ser un final magnífico, pero la autora no confía en ello y decide agregar unas páginas más, más texto, algo expositivo incluso, que resta a ese conjunto. Con temor, con ternura me ha parecido a un nivel inferior que las demás.

Y lo que tenemos es un volumen que deja sin habla al lector. Unas pinceladas de lo que aporta Rosemary Valero-O’Connell, una autora a la que habrá que seguir muy de cerca pues su particular estilo la perfilan como una voz propia y original. Edita Astiberri, lo que supone un plus de calidad indiscutible.

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