¿Qué ha sido de la clase media occidental?, se pregunta el geógrafo Christophe Guilluy en su reciente ensayo ‘No society’ (2019), en el que analiza la caída del bloque central de la sociedad del siglo XX en sus vertientes urbana y periférica, ambas cada vez más bunkerizadas cuando son ricas y más aisladas en contra de su voluntad cuando son pobres.

Junto a estas preguntas surgen otras. ¿Por qué el voto populista crece a medida que uno se aleja de las ciudades más globalizadas y gentrificadas? ¿Por qué no hay una lucha obrera común? ¿Por qué los jóvenes migran a las ciudades? ¿Qué ocurre más allá de la periferia urbana con el empleo, por qué no se asienta? Y, ¿por qué la clase media sí crece en China, Corea o India?

no society

A través de un relato que pisa fuerte sobre la evidencia de un cambio de valores sociales, Guilluy cuenta qué ha sido de la familia media occidental, aquella que fue bendecida con un rápido ascenso a un mundo de riqueza a lo largo del siglo XX y que parece tener en el siglo XXI un declive generalizado. ¿Qué ha ocurrido para que el sueño del ascensor social dejase de existir?

La caída de los impuestos sobre el IRPF, que llegaron a estar cerca del 80% de media en el tramo más alto a finales de los 80; la desindustrialización de occidente en favor de una asia en desarrollo; la rápida automatización y un entorno laboral cambiante; o una agricultura y precio de la vivienda vendidos a la especulación de los mercados financieros son algunas de sus causas.

Mientras tanto, la población siguió la misma pauta que ha mantenido durante los últimos milenios, convergiendo en los grandes núcleos de población. Esta convergencia libera la innovación y aporta valor al total, pero aísla a quienes se ven incapaces de migrar. Aparecía entonces un enfrentamiento urbano-rural en el que la movilidad social aumentaba a medida que uno se acerca a la ciudad, siendo esto último cada vez más complicado debido al precio de la vivienda.

Aquello ocurría a finales del XX y, quizá, a principios del XXI. Ahora la movilidad social no es tan fácil. Los ricos se aíslan en sus búnkeres periféricos en forma de urbanizaciones privadas, o bien en bloques de viviendas no menos aislados rodeados por una gruesa verja, a ser posible lejos de los barrios populares. Las urbes, que antes se alimentaban de migrantes, ahora los rechazan y cierran filas, tanto a la derecha como a la izquierda.

E incluso llegan a hacerlo los países, que construyen vallas en su perímetro para aislar la riqueza de la pobreza. En pleno siglo XXI, la movilidad occidental y su ascensor social se ha detenido casi por completo. Los pobres no pueden acceder a la riqueza urbana, y desde esta, periferia incluida, se impide el paso a todo aquel que venga sin aportar recursos. Caldo de cultivo para el conflicto, pero un conflicto fraccionado en el que todos luchan contra todos.

Este llega en forma de fractura social. No entre los de arriba y los de abajo, sino entre los que estaban en medio, que empiezan a pelear por los restos. Un apunte curioso que menciona Christophe Guilluy: en París, el grupo social más preocupado por la inmigración actual, mayoritariamente gitanos, son los inmigrantes de las olas previas, que ven reducidas las ayudas sociales. Migajas.

En ‘No society’ Guilluy habla principalmente de Francia, país del que es oriundo, aunque también utiliza datos de otros países occidentales como Alemania, España, Estados Unidos o Israel. Y en todos estos países, como en tantos otros, parecen ocurrir eventos similares. Quizá debido a que la globalización homogeniza los problemas humanos.

Mientras tanto, al otro lado del mundo los países en desarrollo cercanos a nuestro nivel de riqueza, como China, están alcanzando rápidamente un estado que occidente consiguió a finales del siglo pasado. Allí, su clase media aún crece. Es imposible no pensar en si en unas décadas les espera el mismo destino que a nosotros o si serán capaces de lidiar con los problemas que hemos creado. De momento, parece que están siguiendo todos nuestros pasos, pero más rápido.


Con el objetivo de ahorrar en libros y reducir (un poco) mi impacto ambiental, este año leeré todos los libros que pueda en la tablet de la fotografía, una BOOX Note Air (reseña). Ninguna de estas reseñas es un anuncio ni está condicionada.

Comentarios

comentarios