En 1967 Henri Lefebvre escribió su obra ‘El derecho a la ciudad‘, un ensayo corto en el que advertía de los peligros del liberalismo al apropiarse del desarrollo urbano, y en el que reclamaba el derecho de sus habitantes a construir, decidir y crear la ciudad. Más de cincuenta años después muchos de sus conceptos son aplicados en entornos urbanos, especialmente aquellas conformadas por espacios de representación de vecinos, y sus ideas se vuelven más necesarias debido al auge de un neoliberalismo que está desfragmentando los entornos urbanos.

Mientras escribo estas líneas, mi ciudad explota desde dentro y se expande por el territorio de la Comunidad Autónoma en la que habito. Hace cinco décadas Lefebvre fue capaz de adelantarse a los problemas medioambientales y sociales derivados de una desintegración social de esta magnitud. Pocos meses atrás, Jorge Dioni señalaba la magnitud del problema politico-social derivado de ‘La España de las piscinas‘, un problema que ya había señalado Lefebvre y que podemos leer en la versión reeditada de Capitán Swing que usa el nombre original.

el derecho a la ciudad de henri lefebvre

Como átomos inestables, los núcleos urbanos se desestabilizan y revientan desde dentro, dejando escapar a sus habitantes hacia una periferia de PAUs. Sin servicios y altamente dependientes del vehículo privado, estamos construyendo un tipo de urbanismo que afectará a la forma en la que vemos el mundo durante varias generaciones. Desordenado, atomizado, aislado, el modelo de asentamientos humanos actual era la pesadilla del autor.

A pesar de que todos los urbanistas son conscientes del problema de la dispersión por el territorio, la ONU advertía en uno de sus últimos informes sobre los Objetivos de Desarrollo sostenible acerca de la imposibilidad de cumplir los retos que nosotros mismos nos hemos marcado. El desmembramiento que se inicia cuando los ricos huyen de la ciudad a la periferia da como resultado una estratificación social difícil de superar. Desigualdad seguida de contaminación.

Resulta que Lefevbre tenía razón, a pesar de que solo se le escuchó de forma activa en una pequeña parte de su manifiesto. En aquella en que reitera una y otra vez en que es imprescindible escuchar a los ciudadanos (lo que Jean-Pierre Garnier llamaría ‘ciudadanismo’). Los portales de participación de la ciudadanía llevan un tiempo funcionando, pero mientras tanto las ciudades se disuelven. Su contorno pierde cualquier forma definida y adopta a ojos de satélite un aspecto similar al que tiene el crecimiento de una bacteria en una placa de petri.

Según Lefebvre, ya en su tiempo la dicotomía urbano-rural había desaparecido: el rural había dejado de ser un espacio de actividades primarias para convertirse en un entorno suburbanizado sin servicios; y el urbano había empezado a disolverse desde dentro y a ser canibalizado por los suburbios de estilo estadounidense. El tiempo le ha dado la razón. El término rural es un reclamo publicitario y el urbano una palabra sin forma.

Aunque el autor habla de Francia, casi cualquier país puede sentirse identificado. Las muestras de fragmentación social, de dispersión por el territorio y de desurbanización son ubicuas. «El hábitat de los núcleos de viviendas unifamiliares ha proliferado alrededor de París en los municipios suburbanos», pero también lo ha hecho en el resto de ciudades grandes, y en buena parte de las pequeñas. La sociedad se disgrega primero en ladrillo, y luego en valores.

Una de las mayores preocupaciones de Lefebvre era la aparición de ‘el otro’, esa persona que no vive como tú y que por tanto es diferente. Esa persona cuya mera existencia se opone a tu forma de vida. Entonces proféticas, las palabras del autor hoy nos suenan. Los ricos viven amurallados en sus chalets rodeados de setos, a su vez protegidos por una alambrada vigilada y accesible solo a través de un control de accesos. Quienes no pueden huir así lo hacen a adosados o a urbanizaciones bunkerizadas en las que nadie camina. El resto deben ser pobres, personas sin oportunidades o insulsos carentes de aspiraciones. Los temores se han cumplido.

La reedición de ‘El derecho a la ciudad‘ (2021) es un texto imprescindible para entender [uno] de los motivos por los que la sociedad se está despedazando, de explicar [parte de] la caida de la clase media o de para encontrar [muchos] motivos por los cuales nos vemos incapaces de cumplir el Acuerdo de París, entre otros. Recomendable.


Con el objetivo de ahorrar en libros y reducir (un poco) mi impacto ambiental, este año leeré todos los libros que pueda en la tablet de la fotografía, una BOOX Note Air (reseña).

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