Frozen River (2008) es una película estadounidense dirigida por Courtney Hunt que, en términos generales, aborda la cuestión de la emigración ilegal desde Canadá a los Estados Unidos a través de la reserva india de los mohawk. Las protagonistas de la historia son dos mujeres que se encuentran en situaciones más que comprometidas tanto en el ámbito económico como en el familiar, razón por la que se convierten en «coyotes», aquellas personas que se dedican a ejercer como intermediarios para acelerar trámites o sortear escollos legales (en el caso de la película, las protagonistas intermediarán en una red de tráfico ilegal de personas). Éstas son Ray Eddy, una madre con dos hijos abandonada por un marido ludópata que ha desaparecido con todos los ahorros, y Lila, una joven viuda mohawk a la que le han separado de su bebé los propios miembros de su tribu, las cuales, a pesar de tener algunos que otros encontronazos al principio de la película, terminarán creando una fuerte solidaridad y unos mínimos códigos morales entre ellas. Cabe decir que la película no trata en ningún momento de edulcorar o justificar los actos de estas mujeres que transgreden la ley con tal de poder salir adelante con sus hijos, ni siquiera trata de que el espectador las quiera o admire pero sí que las comprenda. Es duro aceptarlo pero, aunque sea por necesidad, las protagonistas trafican con seres humanos, justifican unos medios tanto ilegales como inmorales como el contrabando de personas con tal de alcanzar el fin compartido de cuidar de sus familias. Sin embargo, por otro lado, la actitud de las protagonistas bien podría estar motivada (y justificada) por un «ojo antigeopolítico» que hace de dicha actitud algo más próximo a la «moral y la ira: [que] no es distante y desapasionado, imparcial o irónico, sino que está enojado con la injusticia, la explotación y el sometimiento; [que] quiere ver un cambio» (Lorraine y Sharp, 2001, p. 168).

La película, la cual fue muy aclamada por la crítica, se presenta desde el primer momento como una rara avis dentro del género de las «películas de frontera» pues desvía la atención de la frontera sur entre Estados Unidos y México, la cual está más que ampliamente documentada, dramatizada y llevada al cine, para centrarse en la (olvidada) frontera entre Canadá y Estados Unidos (véase figura 1). El filme está manifiestamente preocupado por cuestiones fronterizas tanto geográficas como sociales y muestra en todo momento, a través de las prácticas cotidianas que se dan en el espacio geográfico en el que se desarrolla (claramente la película se centra en las prácticas propias del tráfico de personas), cómo se hacen y rehacen las fronteras a pesar de las formalidades y los aparatos estatales asociados a ellas (fronteras internacionales, vigilancia, control de frontera, soberanía…), haciendo especial énfasis en las «fronteras internas» de Estados Unidos, las cuales muchas veces se encuentran muy ocultas a ojos del gran público. Con respecto a dichas prácticas cotidianas cabe destacar que Frozen River se presenta como «una lente a través de la cual las experiencias cotidianas de los marginados pueden hacerse más visibles» (Lorraine y Sharp, 2001, p. 169); y con respecto a dichas «fronteras internas», diacrónicamente hablando, Frozen River nos puede hacer recordar las zonas de contacto de los encuentros coloniales entre los pueblos indígenas y los colonos europeos del siglo XVIII en la América de los actuales Estados Unidos y Canadá, aquellas zonas que se presentan como «el espacio en el que los pueblos separados geográfica e históricamente entran en contacto entre sí y establecen relaciones continuas, generalmente involucrando condiciones de coerción, desigualdad radical y conflicto intratable» (Pratt, 1992, p. 6). En definitiva, en esta película la cuestión de la frontera es clave y esta se muestra como un espacio complejo.

La elección de la ubicación de Courtney Hunt para la película muestra la compleja configuración espacial que infunde la trama. La película está ambientada en el condado del norte del estado de Nueva York, cerca de la reserva Akwesasne St. Regis Mohawk y la frontera con Canadá. La reserva Mohawk se encuentra junto a la reserva Akwesasne en Ontario y Quebec. Según los términos del Tratado Jay de 1794, la población Mohawk tiene permitido cruzar libremente la frontera internacional que separa a los Estados Unidos de Canadá. Además, dicha población considera la reserva como una «nación soberana».

 

Figura 1. Mapa geográfico-político que representa el espacio donde se desarrollan los acontecimientos de la película. Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/The_St._Regis_Mohawk_Tribe_and_Restasis_patent#/media/File:St._Regis_Mohawk_Tribe_Territroy.jpg

En primer lugar, la película escenifica claramente las innumerables formas en las que el marco territorial-soberano idealizado del estado-nación de Estados Unidos está siendo desmembrado y reensamblado a lo largo de su frontera norte. Esto se debe a la particularidad de la frontera ante la que nos encontramos (actividades ilegales, distintas soberanías, administraciones competencialmente diferentes…). Es por esto que conviene tener en mente las palabras de Roxanne Doty: «las fronteras del mundo son particularmente sitios apropiados para examinar instancias contemporáneas de estado(s) de excepción y de ‘vida desnuda’» (2011, p. 599). Frozen River calibra de manera acertada este imaginario territorial fronterizo particular y sugiere que las características geográficas naturales como los ríos y el hielo exponen las tensiones implícitas dentro de un mundo geopolítico compuesto por estados soberanos. Que un afluente del río San Lorenzo esté congelado pone de relieve una disparidad entre la materialidad idealizada del sistema de estados soberanos delimitados y la materialidad real de la geografía física como tal (el río). La congelación estacional del río ofrece las posibilidades necesarias para el tráfico transfronterizo. Ésto no significa, como sugiere la película muchas veces, que las autoridades nacionales y/o regionales sean incapaces de llevar a cabo medidas efectivas de vigilancia y control de fronteras.

Repárese como la película ignora en cierta medida la cuestión del poder soberano para centrarse más en aquellos temas relacionados con las prácticas y manifestaciones cotidianas de la frontera que, como han destacado numerosas académicas feministas, se promulgan con diferentes intensidades en (y por) diferentes organismos (véase Hyndman, 2004). Hay muchas y diferentes microgeografías de soberanía y la frontera es un lugar en el que la guardia fronteriza, el narcotraficante, el inmigrante ilegal o la frontera en sí misma se experimentan de manera distinta por dichas microgeografías. Como bien refleja Frozen River, la agencia y la eficacia de la soberanía pueden variar y mutar según los sitios y zonas particulares. Por ejemplo, cuando Lila y Ray huyen y se escoden en la reserva mohawk se enfrentan a diferentes regímenes de soberanía pues cada uno de ellos actuará de una u otra manera para con ellas (podría destacarse que las penas en prisión por cometer actos ilegales son distintas en cada uno de dichos regímenes). Desde el principio de la película puede apreciarse claramente la existencia de diferentes «regímenes de soberanía» (Agnew, 2005). Véase el siguiente diálogo entre Ray y Lila cuando la primera dispara a la caravana de la segunda: «[Lila:] A la policía tribal no le gusta que la gente haga agujeros en las casas de otras personas. [Ray:] Este es el Estado de Nueva York, así que deja de hacer tonterías» (Courtney, 2008, min. 09:39-09:46). Las dos tienen razón en lo que dicen pero sus argumentos parten de inicios distintos: se trata de soberanías diferenciadas. Dicho esto, aunque geográficamente forme parte de Estados Unidos, la reserva mohawk y su soberanía incluyen, como afirma Lila en determinadas partes de la película, los derechos de los mohawks a cruzar la frontera hacia Canadá (pues también hay territorio mohawk en dicho país) dentro de la reserva, a participar en el libre comercio o a estar exentos de impuestos y derechos de aduana estadounidenses y canadienses. La soberanía indígena se yuxtapone a las soberanías nacionales de Estados Unidos y Canadá con el propósito de resaltar, de manera dramática, un territorio transfronterizo que no tiene fronteras. Sin embargo, demos un paso adelante y pongamos nuestra atención en el río, o mejor dicho, al hielo que se produce cuando este se congela, pues no es un mero accidente geográfico natural sino un cómplice que permite un conjunto complejo de actividades como el contrabando o la trata de blancas.

El hielo tiene la capacidad de dejar de ser algo banal o mundano. El río helado no puede, en un imaginario territorial convencional, ser considerado como un punto de cruce (el cruce es el puente que nos permite «saltar» el río). Sin embargo, de acuerdo a otros imaginarios territoriales como el de Lili, el río, en tanto que congelado, se convierte en un espacio fundamental que permite, incluso facilita, la movilidad para ir de una orilla a otra. Veamos el siguiente diálogo entre Ray y Lili cuando cruzan el río por primera vez: «[Ray:] No hay camino. [Lila:] Hay un camino. No tan rápido. Hay surcos. [Ray:] ¡No voy a cruzar eso! [Lila:] No te preocupes, ya se quitaron los árboles de navidad. No hay hielo negro. [Ray:] Eso es Canadá. [Lila:] No, es tierra mohawk. La reserva está a ambos lados del río. [Ray:] ¿Qué pasa con la patrulla fronteriza? [Lila:] No hay frontera. [Ray:] No voy a cruzar eso» (Courtney, 2008, min. 12:00-12:38). Apréciese que, en tanto que «río helado», la frontera es, al mismo tiempo, un significante móvil y cambiante. De acuerdo al diálogo anterior entre las protagonistas, mientras que para Ray la frontera es parte de un imaginario nacional (estadounidense) y representa la línea divisoria entre dos estados nacionales, a saber, Estados Unidos y Canadá; para Lila, en cambio, la frontera se circunscribe a un imaginario indígena de territorio sin fronteras ya que para ella el territorio Mohawk se extiende a ambos lados del río. Será gracias a Lila que Ray verá invertida su ontología territorial-soberana y comenzará a entender la frontera como una zona de oportunidad en lugar de una barrera fortificada diseñada para regular el movimiento. Las fronteras no son únicamente líneas divisorias o puestos estatales fronterizos sino que también son «conocimiento, narrativas e instituciones (…) productoras de narrativas de identidad, inclusión y exclusión (…) [son espacios que] incorporan normas y valores, que también son parte de la identidad» (Wastl-Walter y Staeheli, 2004, p. 146). Si se piensan los límites de esta manera, significará que deberemos conceptualizar los territorios como superpuestos y los límites como porosos en lugar de estar rígidamente definidos y completamente exclusivos.

Adviértase la relación pertinente que se da entre la frontera de Fronzen River y la cuestión de la heterotopía. Como señala Foucault en su obra Of Other Spaces, «nuestra época es aquella en la que el espacio toma para nosotros la forma de relaciones entre sitios» (1986, p. 2). Dentro de esta concepción del espacio, Foucault define las heterotopías como aquellos contra-sitios en los que todos los sitios reales «que se pueden encontrar dentro de la cultura están simultáneamente representados, controvertidos e invertidos» (1986, pp. 2-3). El territorio mohawk representa inequívocamente la heterotopía en un sentido foucaultiano porque funciona como un contra-sitio en el que los conceptos espaciales de frontera y estado-nación no solo se reflejan sino que se cuestionan al mismo tiempo (de nuevo, véase el diálogo anterior de las protagonistas cuando cruzan el río helado por primera vez). Como bien dice Foucault, «las heterotopías presuponen siempre un sistema de apertura y cierre que las aísla y las hace penetrables» (Foucault, 1986, p. 5). Esto bien queda reflejado en el territorio de los Mohawk en tanto que está separado por parte de dos estados-nación distintos aunque también forma parte de ellos al mismo tiempo.

Merece la pena resaltar la cuestión bio(geo)política que subyace a lo largo de toda la película. Véase la advertencia que hace Lila a Ray («eres blanca») para que esta no se asuste ante posibles encuentros con la policía pues a los blancos no se les tiene por sospechosos al contrario que Lili (que no es blanca). He aquí el sutil papel que juega el racismo en la experiencia del régimen biopolítico de la zona fronteriza entre Estados Unidos y la reserva mohawk. Sin embargo, disponemos de un ejemplo todavía más clarificador: a Ray le inquieta la nacionalidad de una pareja de musulmanes a la que tiene que transportar. Es la propia Ray la que desde sí misma cambia su imaginario geopolítico por uno más biopolítico en el que algunas vidas se pueden reducir más fácilmente que otras hasta tal punto que deja en la nieve un «artículo sospechoso» que resultará ser la funda en la que la pareja guardaba a su bebé (recordemos que la película está ambientada en un escenario posterior al 11S). En este punto «se podría argumentar razonablemente que nuestros cuerpos son los que dan forma a nuestro acceso a los espacios públicos y privados [siendo los propios cuerpos en tanto que individuos los que otorgan el acceso o no a otros] y nuestras experiencias en esos lugares» (Wastl-Walter y Staeheli, 2004, p. 150).

A lo largo de la película se nos presenta una variedad de personajes mayoritariamente masculinos (coordinadores de pandillas de contrabando, propietarios de moteles, oficiales de policía y ancianos tribales) que además son los individuos con poder dentro de la actividad de tráfico de personas con los que las protagonistas deben cooperar o enfrentarse. Ellas son las únicas dos mujeres que «juegan» en esta red masculina (si hay otras mujeres, son víctimas). Es por esto por lo que, en cierta medida, Frozen River se presenta como una película que «fortalece el proyecto de evaluar críticamente los discursos geopolíticos dominantes» (Hyndman, 2004, p. 309), concretamente el masculino. Además, esta película bien podría circunscribirse a la disciplina de la geopolítica crítica en tanto en cuanto no sitúa el poder (entiéndase poder como poder de acción) en manos de un estado o individuo soberanos sino en otras formas más relacionales que atraviesan un espectro de escalas de la vida social (Sparke, 1998) y más concretamente en dos mujeres. Asimismo, dicha circunscripción queda todavía más justificada si consideramos que la película narra una historia de resistencia de dos mujeres: «Una geopolítica crítica puede intentar contar historias de resistencia» (Routledge, 1996, p. 528).

Para terminar, al igual que los trabajos académicos de las feministas en materia de relaciones internacionales y geografía son fundamentales para el proyecto de la geopolítica feminista, también lo son películas como Frozen River, la cual recuerda que, aunque sean dos mujeres las protagonistas y que participan en un mundo de hombres, «el razonamiento histórico de los argumentos geopolíticos [continúa siendo] masculinista» (Lorraine y Sharp, 2001, p. 165). Frozen River no solo está próxima a la geografía crítica sino también a las geografías feminista y poscolonial en tanto que señala «el funcionamiento oculto e insidioso del poder en todas las estructuras de la vida cotidiana» (Lorraine y Sharp, 2001, p. 167). Si bien tradicionalmente «los espacios privados se han asociado con el hogar y se han designado como femeninos, mientras que los espacios públicos (o espacios fuera del hogar) se han determinado como masculinos» (Lorraine y Sharp, 2001, p. 173), Frozen River rompe con esta dinámica pues son las mujeres las que abandonan el espacio privado para entrar no solo en el espacio público en general sino en un espacio público exclusivo de hombres: «Las mujeres no son agentes pasivos en la construcción de territorios y fronteras (…) los sujetos de género negocian continuamente, y a veces desafían, los procesos de construcción de límites que dan forma a nuestras vidas» (Wastl-Walter y Staeheli, 2004, p. 151). Frozen River muestra un mundo propio de la geografía política pero sus protagonistas son, por mínimo que sea, un signo de geografía política crítica y feminista.

Bibliografía utilizada

Agnew, J. (2005). Sovereignty regimes: Territoriality and State Authority in Contemporary world Politics. Annals of the Association of American Geographers, 95(2), 437-461.

Doty, R. (2011). Bare Life: Border-Crossing Deaths and Spaces of Moral Alibi, Environment and Planning D: Society and Space, 29, 599-612.

Foucault, M. (1986). Of Other Spaces, Diacritics, 16(1), 22-27.

Hyndman, J. (2004). Mind the gap: bridging feminist and political geography through geopolitics. Political Geography 23, 307–322.

Lorraine, D. y Sharp, J. (2001). A Feminist Geopolitics?, Space & Polity, 5(3), 165-176.

Pratt, M. L. (1992). Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation, Londres: Routledge.

Routledge, P. (1996). Critical geopolitics and terrains of resistance. Political Geography, 15(6–7),  509-552.

Sparke, M. (1998). The map that roared and an original Atlas: Canada, cartography, and the narration of nation. Annals of Association of American Geographers, 88(3), 463-495.

Wastl-Walter, D. y Staeheli, L. A. (2004). Territory, Territoriality, and Boundaries. En L. Staeheli; E. Kofman y P. Linda (Eds.), Mapping Women, Making Politics: Feminist Perspectives on Political Geography (pp. 141-152). Londres, Nueva York: Routledge.

Foto de portada

Farriol, D. (2009). El río de la vida. Universo Cinema. Disponible en: http://www.universocinema.com/UC%20CRITICAS/FROZEN%20RIVER.htm.

Fuente cinematrográfica

Courtney, H. & Hourihan, C. y Heather, R. (2008). Frozen River. Los Angeles, CA: Sony Pictures Classicss.

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