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Los momentos más felices de mi infancia los pasé leyendo Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape y Superlópez. Esperaba con emoción a que llegara el domingo por la mañana, interminable mañana, en la que mi padre llegaba con el tebeo. O, entre semana, las visitas, siempre llenas de ilusión, a los dos quioscos del pueblo, donde me aprovisionaba de horas y horas de lectura y relectura. Ahora, como adulto, me sigo considerando un lector apasionado, pero en ocasiones siento que he perdido gran parte de la magia que tenía al leer mi yo de la infancia. Compro grandes cantidades de libros, leo tantos como puedo y a menudo hablo sobre ellos, pero esa capacidad de inmersión pura, duradera y completamente libre en un mundo imaginario parece que se ha disipado. O al menos, ha perdido intensidad.

La gran diferencia en la manera de afrontar la lectura entre un niño y un adulto, es que este último está constantemente tentado de convertir esta actividad en una competición. Muchos de nosotros, sobre todo a principios de año, nos hacemos el propósito para leer más, a lo que hay que sumar además la presión por leer lo correcto. Como en muchas otras actividades, llenamos la lectura de objetivos, jerarquías y categorizaciones. Lo único que podemos hacer para escapar de esto son las lecturas a escondidas, culpables, esas de las que no hablamos por redes sociales.

Esta tendencia se basa en una incesante búsqueda de superación personal. Los retos de lectura, en los que los lectores se plantean desafíos personales o grupales, son buena muestra de esto y ya hemos hablado de ellos. Basta con echar un vistazo a Goodreads y veremos que los hay desde los que se plantean objetivos modestos hasta los que apuntan a 190 libros anuales, lo que viene a ser 15,8 libros al mes, 3,6 a la semana o poco más de medio libro al día. ¿Impresionante? Y todavía hay quienes dan recetas (aquí mismo lo hemos hecho) para subir el listón.

Esto nos lleva a plantear otra pregunta que debería ser fundamental: ¿por qué leemos? ¿Querems disfrutar de los libros o simplemente descargar su contenido en nuestro cerebro como si fuéramos ordenadores? ¿Nos hemos llegado a obsesionar tanto con tachar el título de un libro en una lista que llegamos a correr el riesgo de olvidar que la lectura, además de ser una actividad intelectual, lo es también emocional? Los beneficios que aporta esta actividad (y los hemos mencionado mil y una veces) a menudo reciben más atención que la experiencia en sí misma, enfatizando su valor pragmático por encima de todo.

Sin embargo, la lectura es una experiencia importante por sí misma. Es como cuando estás llegando a las páginas finales de un libro y, reacio a dejar atrás el mundo de ficción, disminuyes la velocidad de lectura. Porque además de los beneficios prácticos que pueda tener, la lectura es una de las alegrías más profundas de la vida. Y los niños parecen saber esto de forma intuitiva, sumergiéndose plenamente en las historias que leen. Son lectores exigentes y honestos, más interesados en lo que sucede en un cuento que en saber si ha ganado algún premio.

Como adulto, hay posibilidad de recuperar parte de esa ilusión lectora. Solo hay que concentrarse completamente en la historia, sin importar si es un libro que está o no de moda, y olvidar todos aquellos objetivos y desafíos que lo único que hacen es añadirle a esta actividad un componente de obligación y de estrés. Y olvidarse de lo que se supone que deberíamos leer para estar al día. Quizá sea por eso que en lo que llevamos de año casi todo lo que he leído, o más bien releído, son tebeos de mi infancia, sin importarme si es lo que se supone que se debería leer, si son culturalmente inferiores o si tienen polémica alrededor.

En un artículo de The Guardian, Sarah Waters admitía que se sentía fuera de lugar cuando se hablaba de literatura actual. Cuando se le preguntaba qué libro estaba más avergonzada de no haber leído (una pregunta muy reveladora) respondía que cualquier cosa sobre la que la gente estuviera entusiasmada en el presente, porque no conseguía mantenerse al día con los títulos nuevos. Waters no es la única. Hay muchas otras personas partidarias de un paradigma cultural que camina hacia la filosofía slow, desacelerando el ritmo de vida, saboreando la experiencia y redescrubriendo las conexiones humanas, algo que necesariamente tiene que calar en la manera de leer. A fin de cuentas, en 2019 se publicaron en España más de 90.000 libros, por lo que incluso leyendo un libro al día, la gran mayoría de los libros publicados seguirán siendo desconocidos para nosotros. Si hay algo que un lector adulto puede hacer es aprender a leer con los ojos de un niño, por puro placer.

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